El muy español deporte de las Cataburlas

Por Domingo Sanz

La mili en Colmenar coincidió con lo del coche blindado de Carrero por los aires y también que no juré bandera para poder triunfar con un gesto contra unos militares que eran puro peligro de muerte.

Por Domingo Sanz

También me viene a la memoria la derrota sin paliativos que le infringimos a un sargento sádico y chusquero que jugaba con la salud de los reclutas mediante unos ejercicios que, dado que las corruptelas con el dinero para la cocina no dejaban presupuesto ni para granadas de mentira, consistían en tirar piedras en grupos de veinte al mismo sitio donde los veinte que habían tirado las anteriores tenían que ir a recuperarlas, pero con la crueldad añadida de que aún las estaban recogiendo. Así que, en un momento que se convirtió en distinto a todos los anteriores, él nos volvió a ordenar “¡¡¡Ahora!!!” pero, por primera vez, uno de los nuestros y desde la más profunda de sus rabias dijo, solo para que se oyera, “¡No tiréis!”, y nadie tiró, matando así el peligro. Sin mediar una sola palabra, un cruce de miradas bestiales fue suficiente para pactar con aquel fantoche uniformado el secreto de su violencia y, también, el de nuestra indisciplina victoriosa. A cambio, quedó domesticado hasta el último de los días que pasamos en el Campamento.

Pero basta de historias del pasado y vamos al título de hoy, que contra los malos hay que ganarse el pan de cada día. Quizás producto del contexto que vivimos también he recordado de aquel ejército los clásicos chistes que llegaban casi cada noche desde alguna de las literas, antes de conciliar el sueño a la orden y en grupos de 250. A veces eran burlas fáciles contra los catalanes que, lo mismo que hoy en el Congreso de los Diputados, eran minoría en aquel CIR de la sierra madrileña. Porque hacer chistes bien vistos por la jerarquía y discutir de fútbol hasta la sangre eran de las pocas libertades de pensamiento que se podían compartir.

Hoy, muchos años más tarde, tres amigos que cuando aquel almirante vivía se ocultaban de las fuerzas represivas bajo los nombres “de guerra” de Felipe, Luis y Poncio, son los inspiradores y firmantes de este artículo. Ninguno de ellos es de Catalunya pero, ante las palizas policiales que tanto violentaron las urnas del 1 de octubre, treinta días más tarde pusieron en marcha Cataburlas, una palabra que significa eso mismo en lo que usted está pensando. Para ponerle contenido se repartieron varios periódicos, consiguiendo componer un fichero con cientos de títulos insultantes, burlones, amenazantes, irónicos y provocadores en general, todos contra los independentistas catalanes.

Sin el menor rubor, esos títulos los han firmado, entre otros muchos, autores como Merlos, Ussía, Casado, Escohotado, Espada, Rubido, Segovia, Lacalle, Inda, Jordá, Jiménez Losantos, Marhuenda, Bocos, Savater, de Carreras, Duñaiturría, Palomo, Tertsch, Camacho, Caraballo, Jiménez Arnau, de Esteban, Zarzalejos, Conrado de Villalonga, Calleja, Carrascal, Contreras, Bassets, del Val, Ansón, Mauri, Sánchez-Merlo, Campo Vidal, Cerdán, Insua, Villalar, de España, del Pozo, Sostres, León Gross y Vidal-Folch. Una escogida selección cuya relevancia hace innecesarios sus nombres de pila y que incluyen desde lo más granado de la provocación en el universo ultra derechista hasta sensatos de toda la vida que no dudaron en denunciar, con razón, las campañas anti catalanas del PP desde 2006 como la causa principal del crecimiento independentista. Sorprende que figuren estos últimos en el mismo paquete pues, al producirse las consecuencias necesarias de aquella demagogia que otrora denunciaron, en lugar de respetarse a sí mismos en su propio pasado, también escrito, se han olvidado de toda crítica y se han sumado a la acción del Gobierno. Quizás pensaban que, con su apoyo intelectual a la política de tribunales más un 155 amenazante, los electores menos rebeldes dudarían y los independentistas saldrían derrotados el 21 de diciembre.

Y, por supuesto, se sigue practicando el deporte de las Cataburlas a todas horas, a pesar de unas urnas que han demostrado que esa estrategia está condenada al fracaso. Sorprende que arrecie la campaña puesta en marcha por los citados y muchos otros autores cuando, desaparecido el peligro de ruptura a corto plazo, la racionalidad que tanto se pedía contra las emociones nacionalistas aconsejan más que nunca un talante orientado a relajar el conflicto y de paso, solo es una idea, aprovechar para legislar algo en el Congreso de los Diputados. Tanta “opinión” sobre Catalunya, solo faltaría, en el ejercicio de una libertad de expresión que es un derecho tan necesario y natural como el de constituir un estado propio, que en muchas personas quizás prolifera hartas de tanta chanza.

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