El clero parásito y el IRPF

Por Antonio Gómez Movellán

A pesar de esta riqueza inmensa, la iglesia católica cultiva un aurea de pobreza. Ahí tenemos al Papa Francisco que, en sus viajes, arrastra siempre una maleta envejecida  y unos zapatos deteriorados como si fuera un pobre emigrante del siglo XIX. Puro marketing.

El clero parásito era una expresión que  se puso de moda en el siglo XIX, cuando el poder económico de la Iglesia del mundo tardo feudal entró en decadencia y el clero se volvió cada vez más prebendatario del nuevo Estado burgués.  Hasta finales del siglo XVIII, el clero, al menos en la Europa católica, lo constituía una casta social que estaba  plenamente inmersa en el sistema económico feudal: el 75% de sus ingresos lo constituía el diezmo y derechos feudales varios (derechos de aparcerías, servidumbre etc.) y también la explotación directa de tierras y actividades diversas. El clero, en aquella época, cabía dividirlo entre el alto  y el bajo y las diferencias sociales entre ambos  eran como de  un señor a un siervo. El alto clero provenía de la nobleza y las abadías, arzobispados y obispados pasaban de  una familia  aristocrática a otra, convirtiéndose en un negocio nobiliario. En la actualidad, la distinción entre alto y bajo clero ya no existe y aunque perviven desigualdades intensas en el mismo, la mayoría  del clero proviene de clases sociales  medias o bajas. Hoy el clero católico  constituye una burocracia mandarinato, una tecnocracia del poder. La iglesia católica, como último reducto del imperio romano, ha creado un mandarinato  tecnocrático cuya función principal  es conservar el poder y hacerlo más extenso y funcionalmente suele ser útil al poder político, ¿porque si no  la mayoría de  los Jefes de Estado realizan viajes protocolarios a rendir pleitesía al Papa de Roma?  En la alta esfera del nuevo mandarinato se encuentra,  seguramente, el Estado con más ateos del mundo, el Estado Vaticano. ¿O alguien piensa  que el mandarinato vaticano se cree las ensoñaciones religiosas o las enseñanzas evangélicas? ¿O alguien se cree que la burocracia soviética se creía las ensoñaciones socialistas de Lenin? Al igual que Gorbachov acabó haciendo publicidad de la marca de lujo Lowe, la Iglesia católica se adapta al nuevo capitalismo, convirtiéndose  y transformándose en una gran corporación económica. Si en la Rusia socialista de Stalin no había nada de socialismo, en la Iglesia católica romana queda menos del humanismo cristiano que de carne quedaba en la última costilla de cordero que se comió Jesucristo.

La iglesia católica está dividida, en su organización, en dos ramas principales: la iglesia diocesana, es decir, la iglesia mundial en la cual desde la parroquia y a través de obispados y arzobispados  se llega la Vaticano y la iglesia que representan las órdenes religiosas y congregaciones. Unas y otras se complementan  pero las economías están separadas. Las órdenes tienen sus propias economías y sus negocios.  Pero, en general, estamos hablando de una corporación poderosísima constituyendo una de las corporaciones privadas con más medios y recursos humanos del mundo.

La iglesia católica es la institución educativa más poderosa del mundo y tiene colegios y universidades en los cinco continentes y las elites de muchísimos países se educan en instituciones educativas  católicas, incluso en países de mayoría musulmana. La iglesia católica y sus instituciones educativas están especializadas en quebrar los sistemas educativos universales y crear un segregacionismo social en los sistemas educativos. Igualmente ocurre con las universidades católicas, ¿acaso no sabemos que la elitista universidad de Georgetown es Jesuita? Las universidades privadas y los cursos de posgrado especializados en el mundo de negocios están  también muy asociados a instituciones y ordenes católicas; la red  mundial de hospitales católicos es también muy poderosa y pasa lo mismo con su obra social.  Los pobres y la asistencia social forman parte de la materia de negociación de la iglesia con los poderes politicos. La iglesia  católica siempre ha querido tener el monopolio sobre los más pobres. ¿Y la obra misionera en el mundo? ¿Acaso la iglesia católica no está permanentemente colonizando África o Asia?

El poder en los medios de comunicación es enorme con televisiones, radios   y redes editoriales por todo el mundo. Sus intereses en empresas de todo tipo es bien conocido. En cuanto al patrimonio histórico cultural de la iglesia católica es tan espectacular que sería imposible catalogarlo pese a todo lo que ha traficado ilegalmente. Como poseedora de  inmuebles es quizás la corporación privada más importante del mundo; y todo ello va acompañado por un entramado  densísimo de fundaciones, ONGS   y empresas de todo tipo. Además, la Iglesia católica y todas sus organizaciones suelen privilegiarse de un régimen fiscal tan extraordinario que posiblemente se ha convertido  en el paraíso fiscal más extendido en el mundo, además de constituir, todas estas organizaciones, un campo privilegiado para el blanqueo de capitales y del lavado de dinero procedentes de actividades criminales.

A pesar de esta riqueza inmensa, la iglesia católica cultiva un aurea de pobreza. Ahí tenemos al Papa Francisco que, en sus viajes, arrastra siempre una maleta envejecida  y unos zapatos deteriorados como si fuera un pobre emigrante del siglo XIX. Puro marketing. Todo lo que hace el Papa está pensando y calculado por sus asesores de imagen. La Iglesia es especialista en recibir donaciones y legados y, a través de miles de triquiñuelas, de recibir ingentes fondos públicos de la mayoría de los gobiernos del mundo. En nuestro país, una vía es la del IRPF: 2.500 millones, ¡¡ de euros!!, en diez años y ello ha servido para pagar los salarios y seguridad social del bajo clero, del clero diocesano aquel que tiene la función encomendada de mantener abiertas las iglesias en cada barrio y realizar los ritos litúrgicos: bautizar, dar la comunión, celebrar la misa, casar, dar la extremaunción y enterrar a los muertos. Para eso es para lo que pagamos los contribuyentes, para mantener a este clero  parasito y también para mantener el piso de lujo del  ultramontano cardenal Rouco Varela o las sotanas purpuradas del  presumido y pretencioso cardenal Osoro.

Antonio Gómez Movellán

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