Conocí a Sofía Blasco, la «santa laica», en el frente de Somosierra…

Por Manuel Almisas Albéndiz

Sofía decía que siempre que le preguntaban por qué fue a la zona de guerra contestaba de la misma manera: lo consideraba un deber, deseaba aportar algo a los combatientes republicanos y lo único que podía darles con cerca de 60 años de edad era su sensibilidad femenina y su solicitud maternal. E hizo su trabajo tan bien que, en los frentes donde estuvo, los milicianos y milicianas le conocían por el nombre de «La Madrecita».

El 12 de noviembre de 1936 el periódico malagueño Julio publicó un amplio reportaje sobre el frente de Somosierra (Madrid). Llevaba por título «Nuevas siluetas» y en realidad se trataba de uno de los artículos que el escritor y periodista Eduardo Zamacois1 acababa de recopilar en el libro «De la batalla, crónicas guerreras», editado ese mismo mes por la Federación Gráfica Española en Madrid. En dicha entrega, después de narrar sus vivencias con distintos mandos y oficiales de las milicias populares, se detuvo especialmente en una mujer singular. La noticia no me dejó indiferente y espero que la figura de Sofía permanezca también por siempre en vuestros corazones…

«…Va muy vencida la tarde cuando nos trasladamos a La Cabrera, en la sierra norte de Madrid, con el deseo de abrazar a Sofía Blasco, digna hija de aquel maestro de la crónica -tan admirable por su flexible talento como por su señorial figura- que se llamó Eugenio Blasco.

A Sofia -que oculta su personalidad de escritora bajo el seudónimo de “Libertad Castilla”- la encontramos metida en una especie de poncho marroquí de color pardo, desnuda de pie y pierna y con visillo de tul blanco prendido en los cabellos a modo de turbante. Alta, robusta, ojinegra…

Sofía Blasco, activa, inteligente y poseída de una inextinguible piedad hacia los que sufren, dispone de un camión -del que ha hecho “la razón” de su vida- con el cual sale todas las mañanas a avituallar a los bizarros fusileros de las “avanzadillas”.

Cuando se trata de hacer el bien, esta mujer sin par no conoce el cansancio ni el miedo. Sofía ha matado su egoísmo, ha matado su “yo” para mejor arder en las vivas llamas de la caridad. Es una santa laica, y si le recordamos su desinterés, sus abnegaciones, sus sacrificios constantes en pro de los demás, responde encogiéndose de hombros:

– Estoy purificándome…

Los soldados la llaman “la Madrecita”, y siempre que necesitan algo, a ella recurren. A diario, no bien asoman los primeros destellos de la aurora, Sofía Blasco se planta en la línea de fuego. La gente inmediatamente corre a recibirla y ella para todos tiene un donaire o una frase amistosa. Como si fuese omnipotente, les pregunta:

-¿Queréis algo?

Uno responde:

– “Madrecita”, mira, no tengo alpargatas.

– No llores. Yo te buscaré unas que te estén bien. ¿Qué más necesitas?

– Nada más.

Otro dice:

– “Madrecita”, desde ayer no fumo.

– Te traeré tabaco, calla. Veremos de dónde lo saco.

Y otros:

– “Madrecita”, procúrame una manta. Anoche aquí tuvimos mucho frío.

– “Madrecita”, me aburro, necesito libros…

– “Madrecita”, mira cómo tengo este pie. Me clavé una espina y no puedo andar. Dame algo que me cure.

“La Madrecita” sonríe, satisfecha de ser tan necesaria.

– Bueno -murmura-, enterada. No os impacientéis. Ya se arreglará todo.

Y a la mañana siguiente reaparece en su camión, trayendo cuanto ofreció, medicinas, alpargatas, tabaco, mantas, libros…».

Hasta ahora Sofía Blasco había sido una gran desconocida y creo que no se ha puesto mucho empeño en investigar y escribir una biografía completa y ajustada a su elevada talla humana y artística. Este es el modesto objetivo del presente trabajo para el cual he recopilado alguna información más sobre su vida -y no solo en el frente de combate-, con el fin de hacer más visible y reluciente a esta mujer para quien todos los hombres y mujeres de las milicias populares antifascistas eran «sus hijos».

¿Quién fue Sofía Blasco?

Sofía Blasco Paniagua nació en Biarritz (Francia) el 2 de abril de 1877, siendo la hija menor del conocido periodista, poeta y dramaturgo Eusebio Blasco Soler y de Mariana Paniagua.

Sofía, influenciada por su padre, desde joven se dedicó a la labor periodística y sobre todo al teatro. A los 22 años (un 30 de septiembre de 1899) se casó con Jaime Muñoz de Baena Mc Crohon con quien tuvo un único hijo, Jaime, nacido en Madrid el 10 de agosto de 1920. Siendo ya madre estrenó su primera obra dramática en San Sebastián en el año 1925: Rayo de Luz, comedia en tres actos que cosechó un clamoroso triunfo entre el público asistente. Al año siguiente, en 1926, en el mismo Teatro Victoria Eugenia, estrenó otra comedia, La Marquesa de Arnoldy, también con gran éxito de público. Pero ninguna de las dos se publicaron, y un año más tarde estrenó en Santander la comedia La Posada del reloj, que era una adaptación de una obra anterior de su padre Eusebio.

Esta prolífica labor dramática la compaginaba con su actividad periodística, y así, en 1929, era directora de la Revista Azul (Semanario ilustrado) donde dedicó un número extraordinario a Sevilla con motivo de la Exposición Universal. En esta noticia del 23 de junio de 1929 aparecida en la revista «Blanco y negro» se publicaba la primera foto que he conseguido de Sofía. Tenía 52 años.

Ese mismo año sufrió una dolorosa pérdida, pues su marido Jaime falleció en Segovia en su casa de la calle Marqués del Arco, n.º 26, el 17 enero de 1929, teniendo su hijo tan solo 8 años de edad.

Sofía también colaboró en el diario La Nación del 12 de abril de 1929 con un artículo titulado «La misión de la mujer», y en la revista «Mujer», que dirigía Santiago Camarasa, en la corta vida de este semanario entre el 6 de junio de 1931, poco después de proclamarse la República, y el 15 de diciembre del mismo año, poco después de aprobarse la Constitución republicana. «Mujer» fue una interesante revista con un variado y prestigioso grupo de colaboradoras, donde además de Sofía se encontraban firmas femeninas como Halma Angélico, Rosa Arciniega, Josefina Calvert, Magda Donato (Carmen Nelken), Concha Espina y Tagle, Sara Insúa, Margarita Nelken, etc. Republicanas, socialistas, comunistas, anarquistas, la mayor parte pertenecientes a organizaciones feministas, encontraron en esta revista semanal una vía para expresar sus distintas posiciones a favor del mundo femenino y, sobre todo, su alineamiento claro en favor de la República y del voto de la mujer.

Ya viuda, Sofía volvió en Madrid a su labor dramática y fue homenajeada por un grupo de teatro aficionado poniendo en escena su obra Hacia la vida (1930), cuya crónica apareció en Blanco y Negro de Madrid, del 29 de junio, con una imagen de la comedia que incluía este pie de foto: «la eminente autora revela sus estimables condiciones dramáticas».

Sofía Blasco no estrenó oficialmente ante la incisiva crítica y el selecto público del Teatro de la Zarzuela de Madrid hasta diciembre de 1931, ya en plena República. La pieza fue la comedia Una tarde a modas, «una comedia elegante, muy femenina, “muy de mujer”…» comentó la crítica de ABC de Madrid, que informaba sobre el hecho de que Sofía también había actuado como actriz en su propia comedia. Y su última obra teatral conocida fue Redención estrenada en Madrid en septiembre de 1933 y con la que quiso dar un giro al tono ligero y desenfadado de las anteriores comedias. Pero esta obra de carácter más social, o social-cristiano, ya no gustó al público y parece que Sofía dejó la actividad dramática para seguir con la periodística. Durante varios años, y hasta la evacuación de Madrid en noviembre de 1936, fue redactora del periódico El Liberal (Madrid) y publicó también colaboraciones en La Libertad (Madrid), firmando siempre en ambos casos con el seudónimo de «Libertad Castilla».

Pero el 18 de julio de 1936, con la sublevación de los generales fascistas, todo cambiará radicalmente…

Sofía escribió en su libro «Pueblo de España. Diario de guerra de la Madrecita» (Nouvelle Revue Critique Ed. Paris, 1938) que conoció el frente de guerra por primera vez el 23 de julio de 1936, cuando visitó el pueblo de Buitrago (Madrid) con los camaradas del Socorro Rojo Internacional (SRI). Fruto de la sorpresa del golpe fascista, en estas primeras horas de la guerra era comprensible un cierto grado de desorganización en las milicias antifascistas, y especialmente en el avituallamiento. Y por eso, Sofía se metió en la cocina de campaña y con ayuda de sus camaradas preparó una contundente sopa para dos mil milicianos que la acabaron con una avidez propia de quienes llevaban varios días comiendo sardinas. Este viaje fue crucial y revelador.

Al regresar a Madrid, junto a su hijo Jaime de 15 años de edad, concibió un plan para regresar al frente y ser útil a la causa de la libertad: decidieron instalar una cantina ambulante en el frente de Somosierra (Madrid). Solicitó una entrevista con Luis Castelló, Ministro de Guerra y le expuso el proyecto. Éste, a pesar de no verlo conveniente al principio, por el grave riesgo que ello suponía, terminó accediendo viendo la firme determinación de Sofía. Y pocos días después ya estaban establecidos, madre e hijo, en La Cabrera (Madrid), a pocos kilómetros de la línea de combate. Sobre la participación de su hijo adolescente en esta experiencia escribió en su primer artículo en El Liberal: «Nos acompaña mi hijo, que con sus quince años se siente orgulloso de esta tarde, inolvidable para él…».

Sofía decía que siempre que le preguntaban por qué fue a la zona de guerra contestaba de la misma manera: lo consideraba un deber, deseaba aportar algo a los combatientes republicanos y lo único que podía darles con cerca de 60 años de edad era su sensibilidad femenina y su solicitud maternal. E hizo su trabajo tan bien que, en los frentes donde estuvo, los milicianos y milicianas le conocían por el nombre de «La Madrecita».

En ese infatigable ir y venir por las distintas compañías milicianas ofreciéndose como cantinera es cuando se hizo conocida y apreciada Sofía Blasco, «La Madrecita», que consideró siempre a las milicianas y milicianos del frente, como «sus hijos», a quienes surtía también, desde rollos de papel higiénico hasta pastillas de jabón, medicamentos o libros. «Libros, muchos libros, e incluso cuadernillos para aprender a leer y escribir», siendo su hijo Jaime el que impartía las clases con gran éxito. También ambos se dedicaban a leer las cartas que recibían los milicianos analfabetos y posteriormente redactaban las respuestas a sus familias.

Los medicamentos los recogía Sofía pidiéndolos en las farmacias de Madrid, asegurando que fueron más de 10.000 botes de pastillas las que donaron generosamente los farmacéuticos madrileños en aquellas primeras semanas de guerra. También hacía Sofía de enfermera y sobre todo de reconfortante asistenta a los milicianos moribundos, escuchando sus últimas voluntades y escribiendo sus últimos deseos o palabras de alivio a la familia (mujer, hijos o madres) en momentos de triste agonía. La Madrecita doliente y comprensiva fue lo último que vieron los ojos de decenas de luchadores por la libertad en los frentes de Somosierra…

En Ahora (Diario Gráfico) del 22 de agosto de 1936, Magda Donato (seudónimo de Carmen Nelken, hermana de Margarita) escribió un reportaje sobre cómo se vivía en las avanzadillas de Somosierra, y en él hablaba de Sofía: «distinguida escritora y simpatiquísima mujer que viene desde La Cabrera en busca de unos vales de panecillos para la “Cantina ambulante” que ha creado, ingeniosa iniciativa que ha sido acogida por el Gobierno con entusiasmo, y con más entusiasmo todavía por los combatientes, a quienes “la Madrecita”, como la llaman, les reparte café con leche por la mañana, y pan y chorizo por las tardes…».

Sofía contaba que en septiembre publicó un artículo en El Liberal de Madrid solicitando a los lectores que donaran todo tipo de ropa de abrigo pues en el frente se pasaba mucho frío. El Ministerio de Comunicaciones, con Bernardo Ginés de los Ríos de Unión Republicana a la cabeza, puso a su disposición un apartado postal para que la gente enviara las prendas de abrigo. El éxito fue rotundo, pues los lectores cedieron 5.842 prendas para los combatientes, material que Sofía y su hijo se encargaron durante más de un mes de enviar al frente de Somosierra en su camioneta.

¿Sofía Blasco feminista?

En los años 30 del pasado siglo, pocas autoras o activistas se llamaban feministas, aunque lo fueran o pensaran de esa forma. Tampoco existían asociaciones o colectivos feministas, sino «de mujeres», «femeninos» o de «mujeres libres».

Sofía se confesó en su libro «Pueblo de España. Diario de guerra de la Madrecita» (Nouvelle Revue Critique Ed. Paris, 1938) como mujer republicana, antifascista y cristiana. Muchas de sus compañeras que publicaban en los mismos periódicos y revistas pertenecieron al Lyceum Club de mujeres desde su fundación en Madrid en 1926. Pero por desgracia la sección femenina de Falange se apropió de toda su documentación (y sigue desaparecida) cuando Madrid fue tomado por los fascistas en marzo de 1939 y no podemos saber si Sofía perteneció o no a ese colectivo de mujeres impulsoras del feminismo en España.

Pero lo que es indudable es que para Sofía Blasco el tema de la mujer era recurrente, y siempre que podía la visibilizaba y la colocaba en un lugar digno e igualitario, reivindicando su singularidad. Con su seudónimo habitual de Libertad Castilla el 28 de julio de 1936 escribió en El Liberal el primero de una serie de artículos titulados «Impresiones de una mujer». En él narraba su primera experiencia en el frente y ya se maravillaba de que «muchas mujeres arriesgan una tranquilidad relativa para irse a combatir contra los rebeldes».

En un extenso capítulo de su libro «Pueblo de España» titulado «Mujeres en la guerra civil», donde puede leerse:

«Al principio, muchas mujeres pusieron el pie en el suelo atormentado de la zona de guerra. Muchas de ellas sucumbieron diezmadas por la fatiga, los sufrimientos y la metralla. (…) Una vez que se ha abogado por una defensa organizada, apenas quedan ya mujeres en el frente. Pero podemos estar seguros de que aquellas que están, permanezcan en las líneas de combate o en la retaguardia, valen por dos hombres en energía y en valor. Debemos rendirlas un homenaje porque nos proporcionan una prueba de tenacidad y de coraje dignos de toda admiración».

Después de mencionar a las mujeres antifascistas más conocidas, como «La Pasionaria», Victoria Kent, Federica Montseny, Margarita Nelken, o Lina Odena, entre otras, escribía:

«¡Y las desconocidas! Son innombrables las mujeres que trabajan silenciosamente en la retaguardia. Modestas, inadvertidas, son tan útiles en su anonimato como las mujeres más célebres.

Las mujeres españolas, mujeres de corazón… jóvenes muchachas que llenan los hospitales, los talleres, las oficinas, las guarderías…obreras, artesanas, escriben en el gran libro de la Revolución y de la Guerra. Guerreras u obreras, todas son mujeres nobles de esta Revolución, la luminosa afirmación del coraje de la mujer española en la lucha por la libertad».

Y en otro de los capítulos refería una anécdota de cinco milicianas, que eran ya las únicas de una Compañía que operaba en el frente de Somosierra (Madrid), y quizás las únicas que quedaban en dicho frente después de la orden gubernamental de trasladar las milicianas a la retaguardia. Sofía nos narra la historia de María, Rosario, Anita, Julia y Margarita:

«Ninguna tenía más de 23 años. Siempre que las veíamos estaban trabajando. Lavando o cosiendo, además de sus ocupaciones propias del frente de combate (…) Estas jóvenes milicianas eran admirables, porque no solo asumieron la misma tarea que los hombres en el combate, sino que, además, lo complementaron con las propias, destinadas desde siempre a las mujeres…».

Otras historias de mujeres que nos refiere Sofía Blasco en su libro o en sus reportajes son las de «la niña Paloma», la miliciana «María la de Villarejo», la guerrillera Agustina Sáez, de dieciséis años de edad, o de la miliciana Natacha (Carmen la llama en su libro), como muestra evidente y perdurable de la sororidad que mostraba hacia las mujeres -madres, jóvenes y niñas-, sufridoras y luchadoras de la Libertad.

El 18 de octubre de 1936 publicó su último reportaje en El Liberal. «Ha pasado Natacha» de Libertad Castilla. En él narraba la profunda huella que dejó en lo más hondo de su ser la visita de una miliciana, Natacha. Para Sofía Blasco «Natacha es la mujer fuerte, la Eva revolucionaria de corazón noble, llena de optimismo, que no solo supo enfilar sus balas certeras hacia el campo enemigo, sino que llevó toda la ternura de su sensibilidad femenina entre sus compañeros, que la quieren, la admiran y por encima de todo la respetan…Natacha es bella, pero más que su belleza es su valor y su bondad lo que resplandece…».

Propagandista de la República y exilio

El 10 de enero de 1937, ante la persistente presión de los fascistas en algunos barrios del extrarradio madrileño, el gobierno decretó la evacuación de la población civil de la capital. En ese momento Sofía había dejado de ser cantinera y viajó desde Vallecas, tras 25 horas de marcha en una caravana interminable, a la villa de Alicante.

A las pocas horas de estar en Alicante, Marthe Huysmans (hija del presidente socialista del parlamento belga) le telefoneó para decirle que el ministro de Estado Álvarez del Vayo quería que ella marchara a París para representar al gobierno republicano en la Conferencia organizada por el Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo para ayudar al pueblo español. «Era el mes de enero de 1937. Me separé por primera vez de mi hijo y volé a París desde Toulouse». Estuvo en París tres días y Sofía regresó a España llena de esperanza de que su mensaje repetitivo en la Cumbre Mundial de Mujeres, «¡Mujeres de todos los países, proteged a los pequeños españoles!», se haría realidad.

Al poco tiempo de volver a Alicante, Sofia y su hijo Jaime emprendieron un viaje a París para seguir trabajando por la República haciendo otra de las cosas que sabía hacer de forma insuperable: su labor de oradora y conferenciante. Hugo García2 describía a Sofía, la «Madrecita», como «una de las figuras más pintorescas del bando republicano durante los años bélicos». Y añade que «esta periodista católica, autora de un diario de guerra traducido al francés, recorrió Francia y Suiza como conferenciante desde finales de 1936 hasta que se incorporó a la plantilla de la Delegación a mediados de 1938. En sus interminables giras, donde solía aparecer como invitada de la sección local del Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, demostró una notable capacidad de convocatoria: a su paso por Suiza y la región del Isère (Grenoble, Francia), entre abril y junio de 1938 llegó a congregar a 4.000 personas y a recaudar cerca de 80.000 francos franceses. Sus conferencias atraían a un público formado por profesores y burgueses católicos, muy distinto del que solía movilizarse por la causa republicana. De ahí que, a finales de 1937, Ossorio3 la elogiase con entusiasmo ante el subsecretario de Propaganda, subrayando su “magnífica labor” como conferenciante y calificándola como “uno de los elementos más eficaces de nuestra propaganda en este país”».

Esta ingente cantidad de conferencias, en número cercano a las 250 entre Suiza, Bélgica y Francia, nos da una idea de cómo se entregó en cuerpo y alma «La Madrecita» en favor de sus «hijas e hijos» republicanos que sufrían y morían en las trincheras y en los bombardeos genocidas sobre la indefensa población civil. El filósofo francés Alain Guy escribía: «...Recuerdo las conferencias conmovedoras de Sofía Blasco (“La Madrecita”), una valiente líder republicana, católica de izquierda, explicando el heroísmo del pueblo, de los trabajadores españoles…»4.

Una vez acabada la guerra civil con el triunfo de los militares sublevados, y con los vientos guerreros de los nazis en Alemania que amenazaba una nueva guerra mundial en la vieja Europa, Sofía y su hijo Jaime decidieron marchar al exilio americano. El 13 de julio de 1939 embarcaron en el puerto de Burdeos en el vapor «Mexique» junto a 2.200 mujeres y hombres republicanos, llegando a Veracruz (México) el 27 de julio. Sofía participó a bordo del «Mexique» en las veladas artísticas y culturales que se organizaron en el vapor, especialmente en una que se realizó como homenaje a la tripulación, según se recoge en el n.º 7 del Diario de a bordo (disponible en la Biblioteca Virtual “Miguel de Cervantes”). Al llegar a México fueron reconocidos como asilados políticos y rehicieron sus vidas. Su hijo Jaime tenía 18 años y Sofía 62 aunque ella misma había escrito poco antes que los seis meses que estuvo en el frente de Somosierra había supuesto «echar 20 años de más a sus cabellos encanecidos y a su maltrecho cuerpo». En internet se pueden encontrar, aunque con una deficiente calidad, las fotografías de ambos en las tarjetas de inmigración mexicanas de ese momento.

La familia se domicilió en México DF (Ciudad de México) y allí Sofía descartó seguir ejerciendo la profesión de escritora o periodista y planificó abrir un estudio de fotografía, pero el abusivo crédito que le daban no llegaba para dicha empresa y al final se conformó con abrir una sombrerería para mujeres5.

No he podido averiguar en qué año falleció Sofía ni si volvió a España como tantos exiliados en los años 60 o 70. Pero sí sé que en mayo de 1947 seguía viviendo en la capital mexicana, y que su hijo siguió viviendo allí formando una familia. Por lo que es poco probable que Sofía, que seguía siendo viuda y ya abuela de más de 70 años, volviera a España.

Su hijo Jaime Baena Blasco usó en México el nombre compuesto de su padre, Jaime Muñoz de Baena Blasco, y desde el principio continuó la profesión de su madre trabajando como actor y viviendo rodeado de un ambiente cultural y literario como el que su madre le había proporcionado.

Por ejemplo, Jaime participó en la película documental producida en México, «En el balcón vacío» (1962) de José Miguel (Jomi) García Ascot basado en textos de republicanos exiliados españoles y dedicado a los republicanos muertos en el exilio.

Jaime fue un gran amante de la literatura y contó con amigos ilustres como Gabriel García Márquez y Luis Buñuel. Fue un mecenas y empresario de marketing, además de presidente de la Fundación filantrópica «Herdez». Con motivo de su muerte en 2015, a los 94 años de edad, Jorge F. Hernández publicó un artículo en El País para recordarle6.

Un nieto de Sofía, que firma como su padre, Jaime Muñoz de Baena, es también escritor y humorista, siendo autor de una recopilación de cuentos titulada «Y sin embargo es un pañuelo» (México, 2014).

A pesar de lo duro y humillante que fue la derrota y la pena inmensa que supuso el exilio, Sofía fue siempre un referente de entrega a los demás, viendo antes el sufrimiento ajeno que el suyo propio. Como escribía en uno de sus reportajes «he pasado muchas, muchísimas penalidades en la vida, pero al verme hoy en el frente veo que no he sufrido nada, que hasta hoy había hecho poca labor práctica, nada que mereciera la satisfacción que hoy siento al saber que mi granito de arena, en momentos difíciles, vale para algo en alivio de estos hombres que me parecen todos algo mío».

Sofía Blasco Paniagua, mujer inolvidable, una mujer que bajó a lo más profundo de la humanidad para elevarse como persona querida y recordada. «Unos me llaman abuela, otros me dicen madrecita, y yo pienso si todas las madres se parecerán a mi o yo me parezco a todas ellas, pues «mis soldados» me dicen: -¡Cómo te pareces a mi madre! La ternura que yo siento por ellos, ellos lo sienten por mí, y hay entre nosotros una corriente de simpatía, de cariño, que yo oigo decir «Ya viene la abuelita» como las mejores y más dulces palabras que escuché…».

El Puerto de Santa María (Andalucía), a 27 de diciembre de 2017

1Eduardo Zamacois y Quintana (Cuba, 1873-Buenos Aires, 1971). Prolífico escritor de la generación del 98, pronto abrazó las ideas republicanas, abordando en sus obras temáticas comprometidas y sociales. A partir del 18 de julio de 1936, con 62 años edad, se alistó como miliciano en el Batallón de Artes Gráficas donde actuó como corresponsal de guerra. Después estuvo en los frentes de Extremadura, Toledo y Aragón. Fruto de esa vívida experiencia escribió en 1938 su novela El asedio de Madrid (Barcelona, Ediciones Mi Revista). Ante la inminente toma de Barcelona en 1939 se exilió en Francia, y tras pasar por México y EEUU se afincó en Argentina donde falleció.

2 Hugo García. “La propaganda exterior de la República durante la Guerra Civil. Origen, éxitos y miserias de los servicios de París. En: Melanges de la Casa de Velázquez, 39-1; año 2009. Diálogos transatlánticos en torno a las migraciones latinoamericanas en España.

3 Ossorio a Martín Echeverría, 27-xii-1937, AGA, 11.063/6.349

4 Alain Guy. Los filósofos franceses hispanistas. En: Revista de Hispanismo Filosófico, Vol. I, no 1, págs. 25-38 (1996).

5 Marion Rowekamp. Myth of Equality? Professional life of spanish republican women in exile in Mexico. En: iMex-México Interdisciplinar, año 3, n.º 5, invierno 2013-2014.

6 Jorge F. Hernández. “Cartas de Cuévano – De caballeros andantes”. Disponible en, https://elpais.com/internacional/2015/03/24/actualidad/1427209169_932223.html

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