Colombia. La renovación de un viejo poder

Por Giovanny Bermúdez, Trochando Sin Fronteras

El resultado no pudo ser peor para las clases trabajadoras que sufrirán la contundencia de las políticas promocionadas por parte del uribismo: ampliación de impuestos regresivos y depreciación de salarios, grades excepciones a latifundistas y excepciones a empresarios nacionales y extranjeros, impunidad transicional como máxima expresión de la justicia guerrerista, tenebroso y contraproducente caudillismo cubierto […]

El resultado no pudo ser peor para las clases trabajadoras que sufrirán la contundencia de las políticas promocionadas por parte del uribismo: ampliación de impuestos regresivos y depreciación de salarios, grades excepciones a latifundistas y excepciones a empresarios nacionales y extranjeros, impunidad transicional como máxima expresión de la justicia guerrerista, tenebroso y contraproducente caudillismo cubierto con un halo de despotismo democrático, terrorismo psicológico, exterminio social y político hacia todo tipo de fuerza social considerada enemiga del statu quo

Con la elección de Iván Duque como presidente de la república de Colombia para el periodo 2018-2022, se cierra el ciclo electoral colombiano. Este deja como resultado un oscuro régimen de gobierno sostenido en un retrogrado caudillismo de ultra derecha y re-acomoda la correlación de fuerzas en la súper estructura política e ideológica de nuestra sociedad. Ello en medio de una crisis económica con salidas limitadas, un inocultable proceso de descomposición de la institucionalidad estatal del país, un panorama de fuerte incertidumbre generado por una economía internacional a la deriva, una agudización y extensión de las tensiones geopolíticas que resquebrajan aún más el decadente orden mundial.

Las fuerzas retardatarias organizadas en el uribato consiguieron hegemonizar el espectro político de la institucionalidad colombiana, colocándose al frente de la tradicional dominación oligárquica del país. La crisis del “santismo” y el fracaso del “llerismo” motivo la transacción del respaldo político de los sectores del empresariado nacional y extranjero hacia el uribato, que ofreció una mejor alternativa para la gestión política de sus intereses, permitiendo la renovación de la dominación oligárquica, viejo poder, serrando filas a la socialdemocracia que capitalizó parte de la participación popular y los sectores medios a través de la política de la urna.

El resultado no pudo ser peor para las clases trabajadoras que sufrirán la contundencia de las políticas promocionadas por parte del uribismo: ampliación de impuestos regresivos y depreciación de salarios, grades excepciones a latifundistas y excepciones a empresarios nacionales y extranjeros, impunidad transicional como máxima expresión de la justicia guerrerista, tenebroso y contraproducente caudillismo cubierto con un halo de despotismo democrático, terrorismo psicológico, exterminio social y político hacia todo tipo de fuerza social considerada enemiga del statu quo, reacomodamiento territorial del poder para militar como las Águilas Negras y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia y liquidacionismo hacia todo tipo de fuerza social.

La vuelta al poder del cartel de pillos y gánsters que comanda el señor Álvaro Uribe Vélez, ha sido lograda en un momento oportuno para los intereses de este sector. Por un lado, porque el acorralamiento judicial del “eterno tirano” y su pandilla, debido a sus vínculos con crímenes de lesa humanidad y abuso de sus funciones en el gobierno puede ser reversado judicialmente; a la vez, se da la oportunidad para un inescrupuloso ajuste de cuentas con toda clase de contradictores y enemigos políticos. Por otro lado, la regresión de los mínimos avances de los acuerdos de La Habana Cuba es inminente, pues amenazan intereses de sectores políticos y económicos, neo terratenientes, empresarios y narcoparamilitares afines al uribismo.

Así, se reversará lo acordado en términos de tierras, justicia transicional y participación política, pues se congelará la ya insuficiente democratización y modernización de la estructura agraria, se obstaculizará el proceso de juzgamiento de las responsabilidades de la violencia reaccionaria en el conflicto armado, se limitará la participación política de los ex insurgentes en el decadente Estado colombiano y, se buscara marginar políticamente, degradar y reducir a su mínima expresión lo que queda de insurgencia armada.

El uribato recompuso su hegemonía, renovó sus liderazgos, cohesiono ideológica y políticamente los sectores más regresivos del país, dio gabela al gatopardismo de la clase política y, luego de su victoria en el plebiscito refrendatorio de octubre del 2016 y las parlamentarias de marzo del 2018, dio el golpe de mano del 7 de junio pese al optimismo de los sectores progresistas y de las aún minúsculas pero expectantes fuerzas reformistas y socialdemócratas que incursionaron con cierto éxito en la pasada coyuntura electoral.

Lo sucedido con la socialdemocracia, reformistas o progresistas, tuvo un grado de importancia considerable, el “petrismo” y el “fajardismo” lograron movilizar amplios sectores populares y clases trabajadoras de estratos medios que apoyaron y legitimando distintas miradas de los problemas nacionales y diferentes formas de orientar el avance social, económico y político del capitalismo colombiano. A su forma al final eran caballos de Troya, uno escondiendo intereses del empresariado antioqueño y el otro por más coqueteos que intento no encontró apoyo en el empresariado nacional y los sectores del liberalismo, con quién siempre ha pujado contraproducentes alianzas.

Con criterios de justicia social, reconciliación democrática, modernización educativa, transparencia pública y diversificación económica, las estrategias de campaña de este sector recogieron y entumecieron el descontento social y popular con la odiosa situación nacional. En algunos casos se tendió puentes con sectores del empresariado y trabajadores medios, en otros con organizaciones de base, movimientos sociales y “ciudadanos libres” que les permitieron cimentar clientelas electorales insuficientes para hacerse al gobierno, pero considerables para impulsar sus propuestas programáticas, como base de la política alternativa con cierto tufo caudillista.

La derrota de la socialdemocracia, hoy al margen del poder y del gobierno, se alimenta optimistamente del posible éxito que los resultados electorales les dejan percibir a futuro. Esto motiva su sentimiento de aceptación del juego democrático colombiano y de su maltrecha institucionalidad, que requiere reparos para viabilizar un capitalismo más humano o redistributivo que permita “enriquecer los más pobres sin empobrecer los más ricos”, garantizar la inversión productiva e ingenuamente contener la corrupción inherente al pillaje capitalista.

Aun con diferencias entre sí y en la orilla opositora la socialdemocracia mantiene consensos con los sectores del bloque dominante: conservar el falso espíritu de reconciliación del post conflicto, sanear la crisis de legitimidad de la institucionalidad y la democracia colombiana, finiquitar el proceso de derrota insurgente, moldear la joven y prometedora fuerza laboral nacional y buscar salidas al desarrollo económico del capitalismo mediante la diversificación de sus patrones de acumulación.

Los movimientos populares y la izquierda “democrática y revolucionaria” sistemáticamente exterminada, judicialmente y militarmente perseguida, encontró en su nueva condición política limitaciones para posicionarse con perfil propio, apropio un seguidismo de oportunidad, en su mayoría, burocrático y embusteramente programático, experimento su disciplinamiento vía cooptación ideológica, coherción institucional, amedrentamiento judicial y exterminio selectivo.

Ello desprende el reto de ganar perfil político, mayoría de edad y configurar condiciones de autonomía social y política y, proyectar sus propuestas estratégicas de país. El actual escenario desata tendencias de derechización difíciles de transformar en lo inmediato, y su confrontación debe ubicarse en la acumulación de fuerzas para sí, y no como una táctica para fortalecer el caudillismo de la nueva izquierda, entender los límites del parlamentarismo en el momento actual y disputar la clase obrera y popular al uribato, único factor capaz de cambiar la adversa situación.
Se abre un ciclo político que reordena el ajedrez de la lucha de clases en Colombia y deja un bloque dominante con tensiones y contradicciones, pero con consensos claros sobre como conservar condiciones de hegemonía. Una izquierda multifacética con claras tensiones y en un proceso de reacomodamiento de sus distintas tendencias que posiblemente despertara un nuevo ímpetu de reconfiguración política e impulso de su vocación de poder que deberá desmarcarse de su acostumbrado caudillismo y concentrar sus esfuerzos en la configuración estratégica de factores reales de poder social y popular.

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