Publicado en: 13 marzo, 2018

Colombia. 11 de marzo: De la democracia de los colores al gris del abandono estatal

Por Mauricio Reyes Rojas, Trochando Sin Fronteras

Mientras el sol se alza en el cielo de los llanos Orientales con sus hermosos colores que lo pintan  de azul, naranja, rojo y amarillo, sus pobladores se levantan de cara a esta nueva contienda electoral. La mañana transcurre, mientras que se evidencia fácilmente la intención de voto de las personas que concurren a mi […]

Mientras el sol se alza en el cielo de los llanos Orientales con sus hermosos colores que lo pintan  de azul, naranja, rojo y amarillo, sus pobladores se levantan de cara a esta nueva contienda electoral.

La mañana transcurre, mientras que se evidencia fácilmente la intención de voto de las personas que concurren a mi alrededor. Las pañoletas multicolores son la marca que llevarán en sus cuellos un día, pero después de esta elección serán los grilletes que nos asfixiarán con impuestos y malas condiciones de vida.

A su espera se encuentran camionetas, taxis y busetas pagas por los candidatos, servicios puerta a puerta que luego se convertirán en paseos de la muerte gracias a nuestro sistema de salud.

Recorro las cuadras que me separan del paradero de bus más cercano, llueven las invitaciones a utilizar sus servicios puerta a puerta y a un delicioso sancocho pagado por aquellos que cada cuatro años vienen a robarnos lo único que tenemos las mayorías desposeídas de este país: la conciencia, la esperanza y nuestro voto.

En mi primera estación por la ciudad fue fácil ver a rojos, azules, naranjas, azul celeste, roji-azules hacer calle de honor a los votantes mientras victoreaban a sus verdugos, típico de los colombianos que venden su voto y luego se quejan de los corruptos y ladrones en el congreso.

Aunque tratan de manifestar alegría, sus caras reflejan la angustia y la incertidumbre de regalar su voto, el cual les da la oportunidad de comer por un día, pero para  las próximas elecciones  aún faltan 70 días más.

Mientras llego a mi destino las mayorías discuten quién de los candidatos es el menos ladrón, el menos corrupto, pero al final del día no importa quién sea el vencedor porque los únicos perdedores seremos nosotros.

Al llegar al lugar de votación, uno de los más grandes de la cuidad, se siente un clima de zozobra en los electores, estos son presa de este arco iris de pregoneros que agreden a los transeúntes tratando de imponer su candidato por encima de cualquier cosa.

En el puesto de votación luego de entregar mi documento, me pasan dos tarjetones inmensos, difíciles de entender incluso para aquellos que tenemos la oportunidad de estudiar. En ese momento reflexiono sobre el voto electrónico y su implementación. Ya pasaron 9 años de la Ley 892 de 2004 que emitió una orden para el Gobierno de establecer el voto electrónico antes del 2009. Pese a esta ley y a otros decretos, es más eficiente gastar en papel porque puedes pagar favores políticos en contratos y el fraude electoral puede estar a la orden del día.

Salgo de la mesa y del escenario, y al regresar por la calle de honor ya no siento los vítores, muchos se encuentran sentados y cabizbajos cansados de esta ardua labor que les da trabajo por un día y que luego los olvida en la pobreza y la miseria (mental y material).

Aun con las críticas a este sistema democrático muchos ejercemos este deber y derecho. Creemos que tener un pie en la institucionalidad y millones en la movilización nos pueden dar a las mayorías los espacios para visibilizar las propuestas en los territorios, pero con la firme intención de seguir construyendo desde el campo y la ciudad las transformaciones necesarias para la Vida Digna.

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