Chile. Una historia del FPMR: La última orden de Benjamín

Por José Miguel Carrera, Resumen.cl

Un 21 de octubre de 1988, hace 26 años, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez realizó varios ataques. Raúl Pellegrín y Cecilia Magni los encabezaron, entregando la vida en esa decisión. Este escrito forma parte del libro “Somos  tranquilos, pero nunca tanto…” y es un homenaje a ellos, a los combatientes y ayudistas del Frente (*).

La última orden de Benjamín (*)

En octubre de 1988 el Frente Patriótico Manuel Rodríguez copó militarmente cuatro poblados a lo largo del país, Aguas Grandes, La Mora, Los Queñes y Pichipellahuén, además de realizar otras acciones armadas en varias ciudades.

Mucho antes, durante una reunión sostenida en Santiago con Benjamín, o comandante José Miguel, como llamaban a Raúl Pellegrín, éste le había dicho que “hay una zona de muchas tradiciones combativas en Curanilahue, Tirúa, Lumaco, Traiguén, Nueva Imperial, Temuco hacia la costa…”. Fue en ese encuentro en que Manuel recibió su nueva destinación, con la promesa planteada por Benjamín que “a la vuelta de unos meses, te contactaremos. Tu tarea es a largo plazo. Aquí tienes plata para el bus y unos pesitos más, por si nos perdemos”. Inmediatamente, Manuel pensó que debía hacer todo eso sin el apoyo del Partido Comunista y que sería difícil. Había que construirlo todo, buscar un lugar donde alojar, inventar la justificación de su presencia la zona, tratar de parecer una persona normal, no llamar la atención, buscar un medio de subsistencia, conseguir amigos, etc. Eso y un montón de cosas más era lo que significaba la orden de “Instalarse en un territorio”.   – ¿Alguna cosita más? –preguntó Manuel, abusando de su sentido del humor.   -Sí. Tenme charqui para cuando te vaya a visitar –contestó su jefe riendo–. Cómpralo en el Salto del Laja. Es súper bueno.

El tiempo había pasado; Manuel había logrado cumplir la misión e, incluso, había aprendido a cuidar chanchos y a fabricar súper ratones. Y un día llegó el mensaje largamente esperado: la Dirección Nacional del FPMR había decidido la fecha de la acción y lo habían designado jefe. Manuel estaba medianamente confiado en que sería incluido en las filas de los combatientes, pero le impactó saber que sería el responsable de toda la acción: entrar, tomar el pueblo, retirar las fuerzas, volver a la normalidad. Encarecidamente se le ordenaba que no debía tener bajas entre sus hombres; la misión era tomar control del pueblo, copar, neutralizar a las fuerzas represivas, propagandizar las ideas de la organización ideas y retirarse limpiamente. La fecha también estaba clara: sería el día del plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Poco después, un compañero mensajero le entregó un contacto para ir a recoger los medios que utilizarían en la operación. Manuel había dedicado los últimos meses a preparar la forma de recibirlos y decidió, como era la tónica de los jefes rodriguistas, recogerlos personalmente.

Inició la caminata por una calle de la ciudad de Nacimiento, con la señal convenida, siguiendo las instrucciones que le llevara el mensajero. Su sorpresa fue mayor cuando se dio cuenta que quien iba a su encuentro, con su respectiva señal de normalidad, era el propio comandante José Miguel. “¿No te parece arriesgado haber venido en persona a buscar estos regalos?” lo saludó Benjamín mientras se le acercaba. “¿Y cómo estamos por casa?”, respondió Manuel, estrechándolo en un abrazo.

El día 4 de octubre estaba plenamente constituido el destacamento, compuesto principalmente por hermanos mapuche. Manuel sabía que eran buenos combatientes. La base contaba con todo lo necesario: área de dormida; almacén de medios, de cocina, de aseo, de ejercicios; pozos de tiradores y puntos de observación y vigilancia.   Esa misma noche previa al plebiscito, muchos rodriguistas estuvieron acuartelados en distintas ciudades y montañas de Chile, preparados para el combate, convencidos que se concretaría el fraude y que su irrupción armada sería la respuesta. Pero aquello no sucedió. Manuel y los suyos, en una zona montañosa mapuche, con las fuerzas listas para actuar, escucharon las noticias que informaban del triunfo del “No”. Aquel era el único e improbable escenario en que debían suspender el ataque.

Una semana más tarde, Manuel estaba reunido con la Dirección Nacional del FPMR, y se pidió su opinión ante el nuevo escenario. Dijo, sin titubear, que a su juicio la operación debía realizarse de todos modos. Según su análisis, la situación de represión y el poder de la dictadura no habían cambiado.   –Todos los jefes de destacamento piensan como tú, –le dijeron–, pero esto no es solo una cosa de voluntad.   El jefe lo quedó mirando. “Mira, hermano, vamos a actuar y vamos a demostrar que no aceptaremos que se negocie la salida de la tiranía a espaldas del pueblo. Están negociando con el futuro de nuestro pueblo, se está transando todo. Manuel Rodríguez golpeará este octubre y el éxito de la misión de ustedes será parte de ese puño justiciero”, dijo.

Días más tarde, en un lugar de Purén, en la Cordillera de Nahuelbuta, Manuel reunió a su jefatura, compuesta por mapuche y afuerinos. Un compañero quedó encargado de coordinar un apagón eléctrico en Temuco; otro hermano recogería a un grupo que vendría del norte; y el resto partió a la zona de Capitán Pastene.  Ya no tenían contacto con el resto del Frente a nivel nacional. Las cartas estaban tiradas. Según el plan largamente estudiado, para la toma de Pichipellahuén serían quince combatientes en la fuerza central y seis en la fuerza de apoyo combativo cercano. Estos últimos tendrían la misión de cortar el acceso al pueblo y actuarían de modo independiente de la fuerza central,  lo que impedía el apoyo externo al retén de Carabineros y aseguraría la salida de la columna la zona. Otros seis brindarían el apoyo distractor cerca de Temuco.

La noche del 19 de octubre regresó a la base el hermano encargado de recoger al grupo del norte, pero llegó sin ellos. Nadie supo nunca qué había sucedido con esas fuerzas, pero obligó a cambiar los planes. La fuerza central quedaría compuesta por solo diez combatientes: seis integrantes sin experiencia previa y cuatro con formación militar. De estos últimos, dos contaban con formación regular y dos con formación irregular. “Puede que sea una locura”, les dijo Manuel, “pero aunque hubiéramos llegado dos, o uno, tendríamos que cumplir nuestra misión, eso no está en discusión”.

Llegó el momento de la partida. Despidieron a los compañeros de la fuerza de apoyo, todos mapuche. Cumplirían su misión, no cabía duda. Manuel estrechó a cada uno de ellos, “tu suerte es la mía hermano”, expresado en un abrazo.   –Jefe, mi gente quiere despedirnos, –le dijo un oficial mapuche.   – ¿De qué estás hablando?   –Sí, jefe. Desde que nos decidimos a actuar, ellos nos han estado apoyando y su fuerza va con cada uno de nosotros, incluso con ustedes, que no son mapuche, –explicó.   Los afuerinos se miraron entre sí, sin saber qué responder, pero de pronto se vieron rodeados por una gran cantidad de personas de todas las edades. Manuel formó al grupo. Estaban armados y se cuadraron frente a todos. La luna estaba muy clara, se veían los rostros. Una Machi, con vestido tradicional, agitaba una rama de canelo mientras cantaba y sacudía las hojas encima de las cabezas de los combatientes. Luego, un hombre mayor, una autoridad, fue el único en tomar la palabra en esa ceremonia inesperada. “No fallen. Mantengan la calma, eso les hará pensar bien. Todos estamos con ustedes, la naturaleza los cuidará”.

Luego comenzó la caminata de aproximación. El paso del guía era rápido pero llevable. Cada combatiente vestía uniforme verde olivo, portaba su fusil, el alimento personal y un par de buenas botas de goma. Llegaron al amanecer del 20 de octubre a las inmediaciones del objetivo, organizaron el campamento, prepararon los explosivos y esperaron. Habían estudiado largamente la rutina del pueblo. Conocían su vida cotidiana, el retén, el vehículo policial. Todo estaba tranquilo. Atacarían de noche el 21 de octubre.

Llegado el momento, se dividieron en dos grupos que mantendrían contacto visual. Mientras se acercaban al pueblo comenzó a llover de una forma impresionante. Quedaron empapados inmediatamente y hacía mucho frío. En el trayecto ser cruzaron con algunos lugareños, pero la lluvia y la noche los protegían.

En la casa aledaña al cuartel, encendieron la carga potente y dos hermanos la lanzaron al techo de tejas del cuartel, con excelente puntería. Por la ventana del cuartel se asomó un policía, los miró con espanto y se ocultó. Seguramente el ruido del golpe de la carga en el techo lo había alertado. Con preocupación, los combatientes miraban hacia el techo, pero no veían humo. Fueron minutos interminables. De pronto sintieron la explosión. Todo el techo voló por los aires. De acuerdo al plan, Manuel corrió en dirección a la puerta del cuartel mientras los otros hermanos ocuparon puestos laterales. Empezó a disparar parado frente a la puerta, sin recibir fuego en respuesta.

Se apagaron todas las luces en las casas del pueblo, que tenía una ancha calle principal. El cuartel estaba destruido. La columna irrumpió en el retén para constatar que los policías habían escapado por la puerta. Los hermanos mapuche empezaron a gritar consignas en su lengua. Estaban enardecidos. “¡Viva Leftraru!, ¡Leftraru, somos tus hijos!”. Los afuerinos gritaban todo tipo de consignas. La madre de Pinochet fue la más mentada.

No paraba de llover. “Bendita la lluvia”, se decía Manuel; era la naturaleza que los protegía. Pero, a la vez, los volantes que lanzaban al aire quedaban embarrados inmediatamente. Avanzaron por la única avenida en dirección a la escuela y después siguieron más allá por la calle principal. Habían cumplido la misión: tenían control del pueblo y las fuerzas represivas se habían hecho humo. Manuel ordenó la retirada. Debían lograr una distancia considerable antes que amaneciera. Salieron en columna del pueblo y, luego de unas horas de marcha, se reunieron en un círculo bajo la lluvia. Sin decir palabra, se despidieron con la mirada. Cuatro en una dirección y seis en otra. La emoción los embargaba.

Los ojos de Manuel estaban más que acostumbrados a la oscuridad de la noche del sur de Chile. Le maravillaba el perfume de la tierra y la vegetación después de la lluvia, muy distinto al aroma que había conocido en los campos de Cuba y Nicaragua, o del mismo Santiago. Ese olor a humedad le provocaba respirar hinchando profundamente los pulmones. Eso siempre le daba fuerza. Por tener ese aire envidiaba a los compas mapuche que había conocido durante su formación político militar en los años setenta. Al oficial Moisés Marilao, formado en Cuba y que murió intentando escapar de una comisaría de Temuco el año 1984, siendo combatiente clandestino del Frente, y a tantos otros peñis. “¿Cómo no haber nacido en esta zona?”, se decía siempre Manuel.

Era aún de madrugada y habían pasado algunas horas desde la emotiva despedida con los compañeros mapuche de la columna. Manuel había aprendido que la diferencia entre retirarse y arrancar de una acción consistía en la planificación de la misma. Mientras más preparada era, más segura era la retirada. Estaban calculados el tiempo, la ruta, la dirección y, lo fundamental, es que conocían las estrellas del cielo del sur, las mejores guías en una caminata nocturna, como la que ellos venían realizando.   Llevaban varias horas de camino, guiados únicamente por esas estrellas. Caminaban a paso rápido hacia el punto de descanso y ocultamiento previsto, al que tenían que llegar antes que apareciera la luz del alba de ese mes de octubre.

En la ruta evitaban los caminos principales y los lugares cercanos a pueblos y caseríos, para no ser vistos y no llamar la atención de los perros, que representaban un gran peligro, pues huelen al forastero, saben olfatear incluso el miedo en las personas, algo que no podían negar que llevaban muy encima. La ventaja que tenían Manuel y sus compañeros era que venían empapados de frío y de lluvia. A esa hora, los que ahora formaban la columna eran solo afuerinos, no mapuche, lo que significaba que no tenían ninguna cobertura que justificara su presencia en esos lugares y que, de ser detectados, los obligaría a entrar en combate, asunto que querían evitar a toda costa. Las fuerzas enemigas eran numerosas, estaban compuestas por militares, carabineros y contaban con el apoyo de civiles armados, montados a caballo: los dueños de los fundos.

Una vez en el primer punto de descanso, se dedicaron a evaluar lo sucedido durante las últimas veinticuatro horas. En el grupo había combatientes que, en otras épocas, estuvieron en las guerrillas de Nicaragua y El Salvador, por lo que tenían experiencia y habían pasado por situaciones difíciles. Todos se sentían bien y con ánimo. Lo primero que hicieron durante el reposo fue revisar los pies y las piernas de cada uno. A veces el combatiente oculta el verdadero estado de sus pies o niega que tenga ampollas, rasguños o heridas para no preocupar a los demás compañeros. Sabían que aquellas partes del cuerpo constituyen las principales armas del combatiente rural. Pero no se podían engañar entre ellos y fueron evaluando a cada uno, especialmente sus pies. Llevaban, como mínimo, unos treinta kilómetros de caminata, sin contar los recorridos antes del ataque, y les quedaban todavía dos noches de marcha. Era preciso administrar bien la humedad del cuerpo para no enfermarse. Así lo habían hecho antes en las zonas tropicales donde estuvieron combatiendo. Los mapuche les sugirieron que se quedaran en los lugares aledaños a sus casas para descansar, pero Manuel y sus compañeros se negaron rotundamente. Era mucho riesgo para todos, en especial para las familias de estos hermanos.

La primera conclusión a la que llegaron fue que la sorpresa estaba del lado de los combatientes. Ese es un principio de la guerrilla y lo habían logrado: nadie en el pueblo se había dado cuenta de la aproximación de la columna de guerrilleros al retén. Manuel no olvidaba la cara de espanto del policía que se percató de su presencia cuando lanzaron la carga al techo del cuartel. Era como si hubiese visto a Leftraro o a Quepolicán en persona atacando el cuartel en medio de la lluvia.   Enmascararon el punto de descanso y, luego, todos se protegieron con plásticos, cambiándose la ropa mojada que llevaban puesta. La nueva muda de ropa seca ya no era el uniforme verde olivo, sino ropa común y corriente. Sentían un gran agotamiento físico, que siempre se muestra en el cuerpo al detener una marcha rápida y, sobre todo, con la adrenalina en alto después del accionar realizado.

Manuel organizó la vigilancia con una guardia diurna. Dormir y vigilar es lo que harían por el día. Antes de dormir comieron unos “superocho”, el alimento preferido de Manuel, e intentaron de nuevo hacer funcionar la pequeña radio portátil. Necesitaban escuchar las noticias y estaban enojados con el compañero encargado de proteger las pilas de la humedad porque no había cumplido su tarea.   –Pero, ¿no cachaste la tremenda lluvia, cómo no se iban a mojar las pilas p’us compañeros? –decía el irresponsable, dando explicaciones, que, por supuesto, nadie del grupo aceptaba. Por suerte para él, después que le habían dicho de todo, la radio funcionó y pudieron escuchar que se habían producido ataques en varios lugares ese 21 de octubre, incluso en Santiago. Todos estaban impresionados en medio del monte. Se anunciaba la acción que ellos habían realizado y se informaba que efectivos militares y de carabineros perseguían a los responsables.   – ¿Adónde la vieron? Si estamos más solos que la cresta en esta montaña –dijo un combatiente.

Pero de lo que más se hablaba en la radio era del ataque a Los Queñes. Se destacaba lo distante de una acción de las otras, como tratando de evidenciar la gran capacidad de planificación que tenían los atacantes. Desde donde estaba el grupo, atento a lo que trasmitía la radio, hasta Los Queñes, había casi quinientos kilómetros. También se anunciaba a un gran contingente de fuerzas militares que los perseguía.

El grupo de Manuel se sentía lejos –en kilómetros– de los compañeros de los otros puntos de la operación, pero muy cerca en la solidaridad como combatientes. Podían imaginarse lo que cada uno de esos grupos estaba viviendo en esos momentos de la madrugada. En el sur se habían preparado con tiempo, caminaban mucho y llevaban meses en esa lógica de entrenamiento permanente, pero ninguno de ellos sabía que se realizarían más acciones ese mismo día. Esta era una de las características del Frente, la compartimentación, otro principio de la lucha revolucionaria. Cuando los jefes planteaban misiones, todos creían que su misión era la principal o la única y cuando se ejecutaban se daban cuenta que, las más de las veces, eran de carácter secundario o destinadas a distraer a las fuerzas enemigas y no la principal, como el combatiente siempre quería. Ese era otro principio militar, el de la Dirección Principal y Secundaria en la lucha contra la dictadura criminal.   ¿Quiénes serían los compañeros que estaban en las acciones de los otros pueblos?, se preguntaban. ¿Estarán todos bien? ¿Tendrán heridos? ¿Cómo eran las características de esos territorios? ¿Serían difíciles de caminar?

Era impresionante para ellos que en tantos lugares se estuviera golpeando a los criminales que se creían dueños absolutos de Chile. Estos militares golpistas pensaban que dar un Golpe de Estado en Chile es llegar y llevar, como anuncia una conocida propaganda comercial. Los chilenos, meditaba Manuel años después, somos calladitos, tranquilos, incluso nos imaginan mansos y dóciles, pero no es así, somos personas racionales. Pero cuando nos convencemos de que algo anda mal, salimos con todo a la lucha. El mejor ejemplo de ello eran las protestas contra la dictadura: en varias casas de personas de lo más pacíficas, se iban guardado neumáticos y todo lo necesario para impedir la represión y, luego, les entregaban los materiales a los chiquillos que estaban dispuestos a usarlos en las barricadas.

Combatientes socialistas y miristas fueron los primeros en enfrentar a los golpistas en La Moneda, en el ministerio de Obras Públicas, en la población La Legua y otros lugares. Luego, siguieron combatiendo solo los miristas; tiempo después, militantes y ayudistas comunistas y del Frente. Después siguió el Frente solo y, finalmente, se sumaron combatientes del Lautaro. Ningún partido de izquierda reivindica la aparición y las acciones de los luchadores y combatientes populares. “¿Por qué será?”, se preguntaba Manuel, pues hasta el propio Partido Comunista negaba la paternidad del FPMR en esa época. Siempre han preferido reivindicar solamente a las víctimas de las violaciones a los DDHH, nunca a los combatientes que enfrentaron al tirano con todo tipo de medios, constataba Manuel. Rara, le parecía, la mentalidad de esos partidos al reconocer solo a las víctimas y no a los combatientes. Pero de lo que había que estar orgullosos como chilenos, se decía, es que cada vez que en Chile han aparecido los golpistas, surgen de inmediato los combatientes populares dispuestos a enfrentarlos en todos los planos. En verdad, en nuestro país, aparte de a los golpistas, también les va mal a los mentirosos, pensaba Manuel, a los que no cumplen con su palabra.

Manuel y sus compañeros, oír por la radio que también se habían producido ataques en otros pueblos, les levantó el ánimo.   ¡Somos muchos más en lo mismo! –dijeron.   Pero estaban preocupados porque la parada, la baja temperatura de la mañana y la inmovilidad en que ahora se encontraban, los estaba enfriando. Debido a ello decidieron quitarse la ropa y forrarse en plásticos para entrar en calor. La claridad de la mañana ya los empezaba a invadir casi por completo. Lo importante era que la zona que habían seleccionado era buena y segura para ocultarse durante el día.

Al grupo le quedaba una caminata de dos noches y, una vez seguros, Manuel viajaría a Santiago para dar el reporte de lo realizado. Ya tenía los vínculos previstos con Benjamín y otros jefes. ¿Qué estarían haciendo ellos en esos momentos?, pensaba Manuel. Seguramente estarían analizando los efectos de las acciones realizadas.   Recordó la última conversación con Benjamín, hacía no más de un mes, antes del 5 de octubre. Él mismo había visitado su zona y traído personalmente los materiales que usarían en la acción.   –La acción de la Toma de Pueblo es seria, –decía Benjamín– es una nueva modalidad de acción en el Frente. Es llevar la lucha a todos los territorios. Por eso los jefes deben participar directamente en todo, incluso en lo principal, el ataque mismo. Deben ser los jefes los primeros en el combate; los jefes del Frente no mandan a hacer las acciones y las miran desde lejos, las deben realizar ellos mismos.   Aquello era un golpe moral muy grande para todos, que daba confianza y seguridad, sobre todo a los más novatos.   A Benjamín lo habían escuchado decir que, políticamente, un jefe es más responsable si asume directamente la dirección del accionar. Esto era un cambio de política. Muchas veces en el Frente los encargados debían pedir autorización para participar directamente y la razón de que a veces no se los autorizara era que se debían garantizar muchos aspectos para que la acción terminará exitosamente: la logística, la atención médica, la infraestructura y muchas cosas más dentro del plan general eran igual de importantes que la acción misma. Pero esta vez, se reforzaba que los jefes debían ser los primeros en la acción y eso llamaba la atención de Manuel.   Manuel siguió recordando. Finalmente, la columna logró sortear exitosamente las caminatas de las noches siguientes y se retiraron seguros de la zona, dejando “embuzonados” los medios y vestimentas usados en la acción.

Por esa acción en el sur Mapuche, el aroma de la tierra y su gente habían quedado para siempre impregnados en la mente y el corazón de Manuel.   Días después se enteró –en reuniones y por la prensa– que Benjamín había comandado la acción del pueblo de Los Queñes. Había obrado de acuerdo con sus principios. El ejemplo personal siempre estaba presente en él, recordó. Luego de la toma del pueblo y ya en la retirada, Benjamín había sido capturado y asesinado por Carabineros junto a otra gran dirigenta del Frente, la compañera Tamara.

Grande fue el dolor de Manuel, pues no le pudo dar el parte de guerra que habían preparado entre todos los combatientes de la zona sur. Su muerte fue un golpe demoledor para el Frente.   Manuel regresó al sur con las malas nuevas para sus compañeros y, como correspondía, regresó a la zona para retirar los materiales “embuzonados” que habían dejado después de la acción de Pichipellahuén. Los sacó de ese territorio. Recordaba que, cuando llegó al lugar, le impresionó la tremenda cara de espanto que tenía el dueño del predio. La señora, en cambio, le dijo que no podía creer que lo volviera a encontrar después de todo lo que había pasado.   –Haga lo que tenga que hacer y váyase rápido mijito. ¡¿Cómo se le ocurrió volver?! ¿Acaso está loco?, los andan buscando por todos lados.   La mujer le dio una taza de té muy caliente y un pan amasado con merkén, ese picante mapuche tan sabroso, para que Manuel calentara el cuerpo.   –Quédese tranquila, compañera, gracias por el tecito, –le dijo– No podíamos dejarles este paquete de cosas a ustedes. Algún día nos volveremos a ver, cuando cambien las cosas y… muchas gracias por todo compañera –agregó, al despedirse.

Ella, muy emocionada, lo acompañó hasta un bajo pantanoso que limitaba con su predio, con el marido exigiendo a Manuel que se fuera rápido. La mujer lo hizo callar y abrazó a Manuel diciéndole, “yo le doy mi bendición; que Dios también me lo bendiga y me lo proteja, para que se pierda rápido del lugar y no lo pillen. Cuídese mucho, que andan a caballo buscándolos en toda la zona”.   Manuel tomó el pesado saco, se lo echó al hombro y salió en dirección del camino. Debía esperar varias horas hasta que cayera la noche y mantenerse atento a las señales para no confundirse. Lo recogerían en un vehículo. Había cumplido la última orden que había recibido de Benjamín: No debía quedar ningún rastro de la acción en la zona, “ustedes responden por eso”.

Mientras esperaba el arribo del vehículo, Manuel pensaba que Benjamín y los otros jefes que habían decidido el accionar del 21 de octubre habían actuado en esos momentos con la misma dignidad que tuvo el Secretario General del MIR, Miguel Enríquez, que en condiciones que quizás no se puedan comparar por ser momentos históricos distintos, planteó que los militantes de su organización no se asilaban, siendo el primero en cumplir esa política que elevaba la moral del pueblo y de su propio partido y que encontró la muerte en combate también en un mes de octubre, en los primeros años de la dictadura. Ambos líderes, Miguel y Benjamín, emularon la valentía, arrojo y dignidad de Salvador Allende, nuestro Presidente histórico, en septiembre de 1973. Él no quiso rendirse a los generales antipatriotas de las Fuerzas Armadas chilenas. En verdad se debería decir Fuerzas Armadas de la derecha chilena, por la forma criminal con que actuaron contra su propio pueblo. La noche llegaba, con su manto de protección.

(*) Capítulo del libro “Somos tranquilos, pero nunca tanto…” publicado por Ceibo Ediciones en octubre de 2013. Autor José Miguel Carrera.

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