Publicado en: 14 febrero, 2018

Chile / Cultura. Juntos

Por Daniel Pizarro, Politika

¿Cómo habrá sido hablar con la noche, allá en Constitución, y seguir hablando en Santiago después de tantos años? Haberle preguntado, por ejemplo: ¿De qué está hecha la vida? Necesidades. ¿De qué más? Sueños y deseos. Y seguir con la inveterada costumbre de sentarla a los pies de la cama, o digamos: tenerla por amigo […]

¿Cómo habrá sido hablar con la noche, allá en Constitución, y seguir hablando en Santiago después de tantos años?
Haberle preguntado, por ejemplo:
¿De qué está hecha la vida?
Necesidades.
¿De qué más?
Sueños y deseos.
Y seguir con la inveterada costumbre de sentarla a los pies de la cama, o digamos: tenerla por amigo imaginario. Y sospechar que hay infinitas formas de encontrarse solo en el mundo.

Venir a Santiago, porque no hay otra, con su mujer y la noche. Y seguir con la noche sentada en la cama y también con su mujer, y luego con el niño.
Instalar una antena en la azotea del edificio –su capricho– para oír lo que venga zumbando por el aire. ¿Cómo habrá sido?
Quedarse por las noches escuchando la radio, sus ondas invisibles, como el abuelo que lo hacía escuchar los ruidos ocultos, las crepitaciones del aire allá en Constitución, en la caseta al fondo del patio.
¿Cómo habrá sido?

¿Cómo habrá sido esperar por las noches el beso del padre? El anuncio con los labios en su frente y no encontrarlo después en la mañana. Pues así trabajan los camioneros.
Jurarse esperarlo despierto
y siempre ser vencido por el sueño.
… ah, y lo Otro:
Oír a la noche a los pies de la cama, con esa voz tan suya, impasible:
“Y bueno, a tu mujer la abusaba el tío ese, y a ti que te violaron en el sitio eriazo…”.
¿De qué está hecha la vida?

Subir a la azotea por las noches, ajustar la antena que no sintoniza muy bien. Pues la idea es captar, capturar, esas ondas que circulan por todo el espacio que media entre la Tierra y las estrellas, y quién sabe qué podamos oír. Qué voces de países remotos, en qué lenguas incomprensibles, y cómo –sobre todo–, cómo saltará de contento el corazón.
Para seguir coleccionando postales. Pues yo voy a explicar con mis palabras de qué se trata esa afición suya:
Hacer contacto con estaciones lejanas y luego confirmarlo mediante una tarjeta de correo postal que indica la posición geográfica,
la frecuencia,
el modo de transmisión,
la fecha,
y la hora de contacto
en el Tiempo Universal Coordinado: ese tiempo inexistente, convencional y común a todos los habitantes del planeta; el único en que podemos ponernos de acuerdo, así es,
y después volverse a la cama y si el niño no ha tomado su lugar arrastrándose por la alfombra desde la cuna, berreando, tocar la piel de su mujer y encontrarse en otro tiempo, y con el peso ciego del pasado tocar el umbral de la angustia
… la noche se sienta a los pies de la cama, pesa el aire, afuera hay un ruido monstruoso, pero nos vinimos a Santiago, se dice, porque había que venirse, todo en la misma noche (el niño ya ocupó su lugar en la cama).

Así que de vuelta al balcón y pensar en su abuelo que murió en Constitución esa noche del maremoto.
Yo podría explicar esto de nuevo, con mis palabras, ya que él no puede explicar muchas cosas por sí mismo:
El viejo se encontraba postrado y anunciaron que venía la ola. La ola inmensa. Eran todos ellos, que no estaban postrados, o todos ellos más el abuelo. El vecino de la camioneta arrancaba con o sin ellos.
Al abuelo lo encontraron 400 metros río adentro, una semana más tarde.
Esa noche, dicen, fallaron todas las comunicaciones, menos los equipos de radioaficionados. Que como todo el mundo sabe sirven en caso de emergencias y catástrofes.
Pero bueno.

La cama es de dos plazas, digo, pero el niño y su mujer se las ingenian entre sueños para ocupar el colchón a todo lo ancho y lo largo; entonces él se tiende en la alfombra, al pie del catre y por el lado de su hijo, por si rueda peligrosamente hacia el borde. Se echa encima el cobertor y ya es muy tarde, mañana la oficina.
Pero sigue pensando. La noche siempre ha estado muy cerca, con una fidelidad a toda prueba.
¿Cómo es la vida?, sigue preguntándose.
Arriba, en la azotea, le permitieron instalar una antena para comunicarse a distancias desconocidas.
El código del radioaficionado, sus primeras líneas, rezan así: “Escucharé, escucharé y escucharé, y luego escucharé un poco más antes de llamar…”
Es lo mismo que él practica con la noche, cuando es imposible quedarse dormido.
Mañana trabaja. También su mujer. Un trabajo, un niño y un departamento comprado a crédito es lo que tienen de momento; el ancho de banda no captura otras frecuencias que flotan dispersas en la noche, sin duda, y se parecen tanto al olvido.
¿Hace cuánto que no toca a su mujer?
¿Hace cuánto que el niño es un escudo?
El niño está aprendiendo a caminar y es tanto el miedo de que sufra un accidente, un miedo que le impide dormir y lo acosa con imágenes de caídas y golpes atroces.
¿Hace cuánto la inminencia de un desastre?
¿Cómo lo protejo?, pregunta hacia la noche que no habla.

Entonces, esta misma noche, se levanta otra vez hacia el radiotransmisor, esa excentricidad suya, de otra época, como piensan sus vecinos que lo miran como a un loco.
Se instala ante el equipo y escucha, escucha siguiendo todos los protocolos.
Alguien puede oírlo a la distancia.
Alguien puede enviarle una postal.
Hay ondas más allá del ancho de banda.
Alguien podría hacer contacto esta noche
en el Tiempo Universal Coordinado
“Escucharé y escucharé –se repite–,
escucharé y escucharé…”.

COLABORA CON KAOS