Chile. Cuando votar no sirve de nada, la abstención es el mejor acto de rebeldía

Por Pablo Villagra Peñailillo

El último proceso electoral municipal tuvo una participación del  34% del padrón, que alcanza a 14.121.316 de personas.

Es decir, nueve millones doscientas mil personas no acudieron a votar. Pero este fenómeno no es nuevo, salvo fluctuaciones intrascendentes entre periodos eleccionarios, la dinámica estadística refleja que desde la primera elección después de los milicos, en 1989,  la abstención mantiene un alza sostenida.

Desde el bloque en el poder (Derecha y Nueva Mayoría), se ha intentado explicar este comportamiento tratando de restarle importancia y trascendencia, argumentado que eso sucede en todo el mundo y que es el riesgo del voto voluntario. Lo cierto es que los razones para no participar son diversas y van desde las más políticas, hasta los que denotan un desinterés absoluto propio de una cultura individualista. La verdad es que por uno u otro motivo, lo que prima a la hora de no acudir a las urnas es la poca representación y cercanía que existe entre la clase política y las necesidades y demandas de la mayoría del pueblo.

De este modo, lo que se evidencia en la abstención es un rechazo -mayoritariamente inorgánico – a la administración política de una casta inamovible de partidos que han administrado el país a su antojo. Elección tras elección,  los chilenos y chilenas han constatado que votar no soluciona nada, que es intrascendente y, que a pesar de las promesas de alegría de Aylwin, hasta las tibias reformas de Bachelet, nada ha cambiado sustancialmente en el país. Al final, la alegría de la vieja Concertación no cambió nada, salvo engordar la billetera de la clase política y empresarial.

A la hora de decidir, la mayoría tiene claro que los partidos políticos, sin distinción, gobiernan para ellos o para los ricos y poderosos que los financian y que la corrupción se instaló en la sociedad como una práctica cotidiana, como un ejercicio del que no se salvan ni civiles y uniformados.

Diversos son los estudios que demuestran que el padrón electoral chileno está envejeciendo. En 1988 los inscritos que tenían entre 18 y 29 años correspondían al 36% de los votantes, constituyendo el grupo etáreo con mayor representación. Hoy, en cambio, sólo representa el 8,1%.

Según datos de CIPER, la baja participación electoral en la última elección de alcaldes fue tan dramática que en comunas como La Granja sólo voto el 21.1 %, en La Pintana el 21.3 %, en Santiago el 22.3 %, Puente Alto 23 % y el Bosque 23.4 %, colocando a Chile como el país con menos participación en la región.

Y las cifras no mienten. Nuestro parlamento es extremadamente poco representativo. De los 120 diputados electos, 24 lo hicieron con menos del 10% de los votos, tal como Daniel Núñez (PC), que obtuvo 5.8 %; Alberto Robles (PRSD), con 5.9%; y Felipe Letelier (PPD), con el 6.7%. Por su parte,  de los 20 que más votación obtuvieron, ninguno supera el 28% de las preferencias. De esta manera la mayoría del parlamento ocupa un escaño con menos de un tercio de de los votos emitidos.  De ellos, 78 diputados fueron reelectos, algunos, como Patricio Melero (UDI), Sergio Aguiló (IND), Jorge Ulloa (UDI), José Miguel Ortiz (DC),René García (RN) y Sergio Ojeda (DC), se han repetido el plato desde 1990.

Ninguna elección va a cambiar el curso actual de la cosas. Esa es la sensación que predomina en la mayoría de la sociedad

Históricamente las clases dominantes nos han vendido el cuento que la democracia liberal – y sus elecciones periódicas – son la única y exclusiva forma que tiene la sociedad para participar del futuro del país. Pero lo que ocultan, en realidad, es que estos mecanismos se han transformado en un proceso o ritual accesorio para legitimar el control que ejercen los grupos de poder económico, quienes han construido un Estado funcional al abuso de los patrones y su explotación capitalista.

Y esa es la estrategia rancia que nos han hecho creer por dos siglos, esa que crea una falsa idea de participación, que de vez en cuando da espacios de poder – a modo de migajas – para mantener la falsa idea de que en el sistema todos podemos participar y tener injerencia.

Hoy, la democracia burguesa no sólo experimenta una crisis de representación, sino, además, de legitimidad. No sólo caen los  partidos políticos corruptos financiados por el empresariado, sino que todas las instituciones que la sustentan y que poco a poco van develando su verdadero rostro y sus torcidas intenciones. Las fuerzas Armadas y Carabineros se roban la plata a destajo, mientras reprimen la protesta social y al Pueblo Mapuche. Por su parte, el Poder Judicial deja impune a los empresarios ladrones coludidos y hace la vista gorda con la violencia machista. En la otra esquina, el Congreso legisla para los grupos económicos y la iglesia ampara a pedófilos y abusadores.

La crisis es tan profunda que está matando al pueblo sin distingo. Las cifras macabras ya no pueden ser ocultadas e ignoradas. 25.000 chilenos y chilenas fallecieron el año pasado esperando atención en la salud pública, en las llamadas listas de espera. Del mismo modo, 1.313 niños y niñas muertos en el Servicio Nacional de Menores, SENAME, en los últimos 10 años, producto de la desidia e indolencia del Estado capitalista. Una crisis que  ha provocado – sólo el 2016 –  la muerte de 239 trabajador@s a causa de las paupérrimas condiciones de trabajo en las empresas. Una crisis que ha militarizado el territorio Mapuche para contener las justas demandas por territorio y autonomía, asesinando y encarcelando a nuestros herman@s, torturando y agrediendo incluso  a la niñez indefensa.

Mientras comienza el circo patético de las elecciones, la educación sigue donde mismo, al igual que la salud, las pensiones de hambre y el medio ambiente. Hoy como nunca se lucra con todo, porque la vida misma ha sido privatizada y ya nada nos pertenece porque el Estado ha vendido a precio de huevo la electricidad, el agua potable, las carreteras, la telefonía, el mar y los recursos naturales. Hoy, en el país, nada es nuestro, porque todo tiene dueño.

Mientras la parafernalia electoralista confunde a los chilenos haciéndoles creer que el voto es poder y que esta vez sí existirán cambios reales, la pálida y mediocre “nueva izquierda” intenta convencernos que no votar es hacerle el juego a la Derecha y que sólo ellos son alternativa. En este sentido, han satanizado cualquier ejercicio distinto que articule la sociedad de manera distinta. En sus mentes serviles al modelo, no existe la posibilidad de un pueblo y comunidad organizada de manera directa, desde abajo, en órganos y asambleas autónomas del Estado. Para ellos, sólo existe la vía institucional, la misma que opera bajo la Constitución asesina y trucha de Pinochet.

En este estado de cosas, votar es un mero trámite, pues las leyes pinochetista no permiten transformaciones reales.

La verdad que oculta el modelo neoliberal es que existe todo un entramado jurídico-político que impide cualquier transformación, aun cuando se obtenga mayoría parlamentaria y se ganen todas las elecciones. Lo cierto es que la constitución pinochetista contempla una serie de Leyes Orgánicas que son imposibles de cambiar sin el consentimiento del empresariado, los milicos y los partidos de derecha. Leyes que establecen un Tribunal Constitucional, órgano antidemocrático que está por sobre el Parlamento y el Gobierno y que puede anular cualquier ley aprobada desde el Congreso, un Consejo de Seguridad Nacional con autoridad, incluso, de destituir al President@ de la República. Leyes que dan autonomía al Banco Central para hacerlo más dependiente del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, leyes que designan como garantes y tutores de la Constitución a las Fuerzas Armadas y de Orden.

Así, en este contexto, el partido está ganado antes de jugarlo, pues la cancha ya fue rayada por los poderosos y no existe posibilidad alguna de transformación social. Y que nadie se equivoque: en las actuales condiciones antidemocráticas, siempre ganarán los mismos de siempre, y quien afirme lo contrario, como el Frente Amplio y otras orgánicas que están en lo electoral, sólo le mienten al pueblo descaradamente.

Ningún voto para corrupt@s y ladrones

Desde el año 2011 Chile ha experimentado una avalancha de movilizaciones masivas producto de la intensificación del modelo de explotación capitalista. Como nunca – desde la dictadura cívico-militar de Pinochet – la explotación sin control del modelo ha provocado un aumento sostenido en la precariedad de la vida de la mayoría de nosotros y nosotras, colocando las demandas transversales, esas que afectan a tod@s por igual, en la primera línea de la protesta social. La explotación intensiva y depredadora de nuestros recursos naturales, la educación de mercado, y las pensiones de hambre, marcaron la pauta callejera de la lucha por una vida justa y digna. Esa misma intensificación de la depredación capitalista hizo que se levantaran las comunidades de Aysén, Caimanes, Freirina, Til-Til, entre otras. Y si bien se han logrado pequeños triunfos particulares, la verdad es que todas las demandas sociales levantadas en el último tiempo han encontrado la desidia y la indolencia de la clase política, más aun, han creado leyes y políticas en el sentido contrario de lo exigido por los movimientos sociales.

Por tanto, querer cambiar este orden cosas participando dentro del esquema impuesto por el modelo es una ingenuidad que sólo sostiene la vieja politiquería añosa y corrupta. En este escenario antidemocrático y excluyente, participar de las elecciones es hacerle el juego a la Derecha asesina y sus lacayos de la Nueva Mayoría. De lo que se trata entonces es de profundizar la crisis de los poderosos intensificando las luchas sociales, al mismo tiempo que levantar y crear órganos autónomos de control popular en las comunidades educativas, sociales y territoriales y, por sobre todo, unificar a tod@s quienes colocan al socialismo como su horizonte estratégico.

Votar, en consecuencia, es darle legitimidad al modelo, cuando de lo que trata, por el contrario, es de combatirlo. No podemos amparar una constitución ilegítima impuesta a costa de la sangre de miles de chilenos y chilenas. Para nosotros, el único poder real es el directo. Ese mismo que se forja a diario en las luchas sociales por  no más AFP­­, por Salud para todos y todas, por educación gratuita, por ni una menos, por el fin a la ley de pesca, por la defensa del agua y nuestros recursos naturales, por el fin a la criminalización al pueblo mapuche.

¿Cuál es la tarea entonces para la izquierda revolucionaria en esta coyuntura? Nada más que aprovechar el circo electoral para dejar en evidencia las contradicciones y mentiras del modelo, impulsando una franja social crítica que coloque las ideas socialistas como alternativa al capitalismo, promoviendo que en cada espacio local se genere la participación y la organización que se estime conveniente y que les permita – desde la movilización directa – exigir sus derechos y acumular fuerza social para avanzar en procesos crecientes y sostenidos de Poder Popular, máxima expresión orgánica del pueblo para disputar la hegemonía y el poder a los ricos.

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