Caníbal cautivo/12: El ogro enajenado

Por Carlo Frabetti

Hay ogros y podemos vencerlos, sí; pero es muy difícil, porque los llevamos dentro, nos los tragamos junto con las ruedas de molino y las (h)ostias (con y/o sin hache). Esa es la oscura moraleja del cuento de Pulgarcito, que acaba calzándose las botas del ogro. Somos la media aritmética entre el gigante caníbal y el enano devorable, medio verdugos y medio víctimas.

Por Carlo Frabetti

Decía Chesterton que los cuentos nos enseñan dos cosas: que hay ogros y que podemos vencerlos. Y, efectivamente, esa es su enseñanza más clara y reconfortante, la tranquilizadora moraleja tras el susto de ver a Pulgarcito y sus hermanos a punto de ser devorados. Pero hay una enseñanza más sutil e inquietante, que es la que explica la vigencia del símbolo del ogro, es decir, del caníbal, en los cuentos infantiles y en la cultura popular. ¿Adivinas cuál es, querido lector/lecter?

A los niños se les cuenta el cuento de los tres cerditos mientras meriendan un bocata de jamón, o el de los siete cabritillos después de cenar costillas a la brasa. Se criminaliza al lobo, que es quien tiene derecho, por ineludibles exigencias biológicas, a comerse a los cerdos y a las cabras, a la vez que se fomenta el carnivorismo entre quienes no necesitan -ni les conviene- comer carne. Y como no todos los niños se rinden sin condiciones a la brutal agresión ideológica de sus mayores, algunos se dan cuenta de esta aberración nuclear de nuestra cultura y se vuelven vegetarianos (lo cual suele conllevar problemas familiares y sociales parecidos a los de salir del armario).

Con la religión, que es una forma de canibalismo (o viceversa), ocurre lo mismo: te dicen que Dios es amor, pero que puede condenarte a una eternidad de suplicios infernales si no cumples sus mandamientos; te dicen que eres libre, pero que Dios sabe de antemano todo lo que vas a hacer (lo que significa que no puedes hacer otra cosa, es decir, que no tienes elección, o sea, que no eres libre); te dicen que la Iglesia es tu madre, pero en ella no hay más que “padres”…

Y si a pesar de todos los obstáculos alcanzas el uso de razón, la abrumadora mayoría de caníbales y creyentes, que te rodean y te acosan por todas partes, te sume en el mayor desconcierto. “No es posible que todos sean idiotas morales o estén locos”, piensas consternado.

Pero, como dice Sherlock Holmes, cuando se han descartado todas las explicaciones imposibles, la que queda, por inverosímil que parezca, tiene que ser la verdadera. Y matizando ligeramente los adjetivos, las piezas van encajando. En primer lugar, no todos son creyentes ni caníbales: en el mundo hay un 15 % de personas no religiosas y un 8 % de vegetarianas; menos de los que quisiéramos, pero van en aumento. Y los demás no son necesariamente dementes, sino que están enajenados; parecen dos formas distintas de decir lo mismo, pero hay una sutil diferencia entre ser y estar, y también entre demente y enajenado, que no en vano es sinónimo de alienado. Con lo que llegamos al quid de la cuestión, a la olvidada palabra clave que más puede ayudarnos a comprender nuestra compleja y desgraciada situación sociocultural.

Y digo “olvidada” porque el término “alienación”, habitual en el discurso político anterior a los años setenta (y no solo entre los marxistas), desapareció de pronto barrido por la avalancha posmoderna, junto con “plusvalía”, “lucha de clases” y otras expresiones incómodas para la burguesía ilustrada, que en mayo del 68 le vio las orejas al lobo.

Hay ogros y podemos vencerlos, sí; pero es muy difícil, porque los llevamos dentro, nos los tragamos junto con las ruedas de molino y las (h)ostias (con y/o sin hache). Esa es la oscura moraleja del cuento de Pulgarcito, que acaba calzándose las botas del ogro. Somos la media aritmética entre el gigante caníbal y el enano devorable, medio verdugos y medio víctimas.

Estamos alienados -es decir, enajenados- por la religión (aunque no seamos creyentes) y por el sistema de producción capitalista (aunque lo impugnemos). Tenemos muchas personalidades, y casi todas nos son ajenas: somos eslabones de una delirante cadena de producción y consumo, engranajes de una máquina de destrucción masiva, sumideros de las mentiras de los grandes medios, baratijas en el supermercado del sexo… Y ogros que devoran a sus semejantes de todas las formas imaginables, incluida la más literal.

(Continuará)

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