Publicado en: 12 Agosto, 2017

El Cabrero: “Si otros cantaores ven el mundo perfecto, que sigan cantándole a la Feria de Sevilla”

Por Israel Viana

El cantaor sevillano El Cabrero repasa, a sus 72 años, una vida llena de luchas y vetos políticos por utilizar sus fandangos, seguiriyas y tonás como arma para criticar los abusos del poder, sin dejar nunca el oficio de pastor al que se ha dedicado desde los seis años.

“El miedo me hizo rebelde, en vez de hacerme borrego”, canta José Domínguez (Aznalcóllar, Sevilla, 1944) en una de sus letras más famosas. De pequeño le decían sus padres que las paredes oían. Por eso nunca le hablaron en casa de sus dos tíos fusilados por ser republicanos. Ni de un tercero que tuvo que huir a Francia tras la guerra. Tampoco de cuando su madre —la misma que le llevaba de niño a escuchar a Pastora Pavón, Fosforito, Pepe Pinto o Juanito Valderrama— fue obligada a ingerir aceite de ricino, rapada y paseada por el pueblo como a una bestia. Durante su infancia todo era miedo a su alrededor. “Pero a mí, en vez de amedrentarme, me hizo más rebelde. Con nueve años, la Guardia Civil ya dijo que yo era un insurrecto, porque no les obedecía”, contaba hace años El Cabrero.

“No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto”, asegura ahora, en esta entrevista a El Salto. Por eso quiso José que su arte se convirtiera en un arma de doble filo con el que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Eso fue lo que le encasilló como “cantaor político” o “fenómeno social”, ganándose sobrenombres tan ridículos como el de “cantaor de la Transición” o el Johnny Cash del flamenco. Apelativos que él siempre rechazó, pero que ayudaron a agrandar su leyenda a lo largo de casi cincuenta años de carrera.

En los años 80, ya era la figura del cante jondo con más proyección internacional. En los 90 participó en los festivales de world music y jazz más importantes del mundo, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel lo incorporó a su gira por Estados Unidos.

Y todo ello sin abandonar la profesión a la que se ha dedicado en cuerpo y alma desde que, con seis años, tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su padre con el rebaño. Aún hoy, a sus 72 años, saca todos los días a sus cabras, desde que sale el sol hasta que se pone, si no está de gira.

“Ha sido exagerado. En el concierto que había menos público acudieron más de 30.000 personas. Algo grandioso. El flamenco está a la altura de cualquier música y donde menos se aprecia es en España”, lamentaba en 1993 en ABC, a causa de sus actuaciones al otro lado del Atlántico. Ni su simpatía con el movimiento anarquista ni su afiliación a la CNT le hacían callarse ante el diario monárquico por excelencia, en una entrevista en la que también criticaba el boicot sufrido desde medios como TVE y Canal Sur: “No entiendo por qué lo hacen. Que se busquen como compañero a otro embustero. En una reunión de frescos, el que molesta es el borracho, pero en una reunión de borrachos, es el fresco el que molesta”.

Fue esta actitud rebelde y salvaje la que le hizo ganarse el favor del público, pero también el veto por parte de políticos y compañeros de profesión, que lo preferían lejos y con la boca cerrada. Pero callarse nunca fue con él. “Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos”, explica ahora a El Salto.

Pasos que le han llevado al calabozo en no pocas ocasiones a causa de su reivindicación de las cañadas, veredas y abrevaderos públicos que estaban siendo usurpados por los terratenientes y otros agricultores. ¿Es que no iban a poder pastar sus cabras en libertad por donde lo habían hecho siempre?

Tampoco le callaron en 1982, cuando acabó con sus huesos en prisión acusado de blasfemia durante un concierto: “No tengo más cojones que dejarme llevar a la cárcel, pero me revienta que sea en nombre de su dios, en el que no creo. Estos inquisidores me han condenado por lo que canto y lo que soy, no por lo que dije en Alcolea del Río”, reprochaba tras ser detenido ante un redactor de Diario 16.

“Fue un momento muy duro, yo no me sentía culpable de nada”, recuerda 35 años después. Aquello le privó durante un tiempo de cantar y sacar a su ganado, lo único que ha querido hacer siempre. Nunca buscó otra cosa. Ni publicar discos, ni hacer giras lejos de casa, ni realizar entrevistas —conseguir ésta ha costado varios meses de llamadas y correos electrónicos—, ni tampoco recibir medallas, como le recordaba el pasado viernes al público, durante un concierto en Alcaucín (Málaga), tras el cual se detenía a charlar con los aficionados sobre Karl Marx o la corrupción del PP y PSOE.

Y si aceptó lanzarse a aquella vida ajetreada de focos y festivales fue, al principio, por necesidad. De hecho, la primera vez que a José Domínguez le ofrecieron grabar un disco, lo rechazó. ¿Para qué, si no quería abandonar por ná el oficio de cabrero? Pepe Carrasco tuvo que esperar hasta 1975 para proponérselo de nuevo y conseguir que firmara. El acuerdo al que llegó con este asesor de Belter —además de letrista de Camarón y de casi todas las figuras de la época— consistió en realizar aquel álbum a cambio de que la discográfica le pagara los gastos de la clínica a su compañera, Elena, en el parto del primero de sus tres hijos.

Fue también la necesidad lo que le llevó, antes de ese debut, a marchase a Sevilla para cantarle sus penas a los señoritos a cambio de unas monedas, cuando vio que era imposible mantener su casa sólo con los animales: “Ellos se divertían y eso era denigrante, pero en casa no había nada”, cuenta El Cabrero en su blog donde recuerda la noche que, en la venta de El Morapio, uno de aquellos clientes con dinero le metió “veinte duros en el bolsillo de la camisa” tras tenerle toda la noche seguiriya para arriba, fandango para abajo. “Le dije que el precio a mí trabajo lo ponía yo: que aquello valía, para mí y para guitarrista, 1.500 pesetas. Cuando Antonio Sanlúcar vio que el tío se ponía farruco y que yo me iba para él, me dijo que se le había nublado la vista. Luego, cuando el otro me dio las 1.500 pesetas y las repartí con él, se le salían los ojos de las órbitas. Desde ese día, cuando entraba en la venta, los artistas me decían con admiración: ‘Ahí viene el que se lo lleva to‘”.

¿Recuerda cómo se sintió usted ante aquel trato con Belter, en 1975, para grabar su primer disco?

Yo no sabía cómo funcionaban las discográficas, así que no tenía opinión. No tenía interés en grabar, sólo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible. No teníamos ni para pagar un médico. Yo no podía consentir que Elena diera a luz en esas condiciones y no lo dudé. ¿Que cómo me sentí con aquel trato? Como el que ha hecho lo correcto. Elena estuvo bien atendida y sobraron algo más de mil pesetas, que nos hacían mucha falta, pero para que el trato se cumpliera, se las dejamos de propina al personal.

No tenía interés en grabar, sólo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible

En fandangos como “De la vía y la muerte”, de 1983, retrata a un hombre con principios, libre, que lucha por unos ideales cueste lo que cueste. ¿Encuentra usted hombres así en la sociedad actual?

Claro que sí, hay gente con principios, que lucha por sus ideales y por su parcela de libertad. No suelen mandar… Será que no lo ambicionan o que no lo consiguen, pero son un ejemplo para los que están a su alrededor. Pero abundan más los que se han dejado contaminar, no sólo jóvenes, tíos de mi edad, abuelos que parece que no han vivido. Personas despegadas del mundo y pegadas a una pantallita, que parece que sirve para enterarse de todo menos de lo que pasa a dos metros de donde están.

¿No hablan sus letras, entonces, de un mundo que ya no existe?

¡El mundo habrá cambiao pa peor! Yo no recuerdo cantarle a algo que no existe, no lo he hecho nunca. Ni tampoco a algo en lo que no creo. Y claro que aquellas letras de los 80 están de actualidad hoy en día. ¡Si parecen recién hechas! “Hasta llegar al poder, van prometiendo la luna”, “piden tierra y se la niegan, tierra para trabajar” o “ahora le voy a cantar a la que nunca existió: la paloma de la paz”.

¿No ha sentido la necesidad de adaptarlas para hablar de la crisis actual?

No. Lo que hago es echarle mano a las que van surgiendo con el paso del tiempo, según lo que siento y veo a mi alrededor. Y aunque son nuevas, también podría haberlas cantado antes, y siempre. Parece que estamos dándole vueltas a la noria, como el mulo, con los ojos tapados. Por ejemplo: “Que devuelvan el dinero, que se llevó el capital, que están ricos los banqueros y también la patronal, esa que explota al obrero”. Yo lo veo así.

El Cabrero, en directo. Foto: Daniel Fernández.

El Cabrero, en directo. Foto: Daniel Fernández.

¿Por qué entre su público hay muchos jóvenes rockeros, heavies, punkies y hippies, haciendo usted un flamenco tan puro y clásico?

No lo sé. Más de uno me dijo que mi voz y mi actitud eran muy rockeras, pero yo soy flamenco. Esa gente, los del rock, son más apasionados por la música de lo que yo pensaba. Seguro que por mi imagen no es, que no sé qué tiene de especial. En Andalucía, en el campo, siempre se ha llevado el pañuelo al cuello pa los suores y sombrero o mascota, que por aquí hace sol casi todo el año.

¿Pero su público fue siempre así?

Mi público siempre fue flamenco, como el de los demás cantaores de mi tiempo, aunque también viniera mucha gente joven, y niños con sus padres o abuelos, que hoy vienen con sus propios hijos. Fue después de mi colaboración con Reincidentes y tras esa versión que Marea hizo de “Como el viento de poniente”, cuando empecé a escuchar silbidos muy fuertes al terminar los cantes. ¡Al principio pensé que protestaban! Pero también escuchaba los “oles” y los gritos de “puto amo”. Lo mejor es que los rockeros que me siguen saben escuchar un cante por soleá o una seguiriya con respeto. Les gusta el cante jondo, sin aditivos.

En la letra, precisamente, de “Como el viento de poniente”, canta usted: “Siempre fui esa oveja negra que supo esquivar las piedras que le tiraban a dar. Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”. ¿Tantas piedras le han tirado a lo largo de su carrera?

Muchas, pero la mayoría las he podido esquivar. Alguna me ha dao de refilón, pero no me ha tumbado. Ahí sigo, de encina en encina y cada día más apartado del rebaño.

¿Se ha sentido vetado alguna vez?

¡El más vetado en siete Estados! Pero ése es el precio a pagar por salirse del redil y lo da uno por hecho. Mi carrera se ha construido gracias al público y por él sigo aquí. ¿Qué sentido tiene vetarme en la Bienal, en esos grandes eventos organizados con el dinero público de la Junta de Andalucía o en muchos ayuntamientos donde me reclama la afición desde hace años? Hasta la Junta ha llegado a publicar una guía del flamenco donde están todos los artistas menos yo. ¡Eso es ridículo!

¿Recuerda cómo se sintió durante aquella condena a prisión por blasfemar, en 1982, cuando se le escapó un “me cago en dios” producto de la impotencia?

Cabreado e impotente. Fue en Alcolea del Río y me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, sólo estuve tres semanas en la cárcel. Seguro que hoy me hubiera tragado los dos meses, porque hemos retrocedido en solidaridad y también en libertades y derechos.

En los años 80 también fue juzgado en varias ocasiones por invadir sembrados, veredas y cañadas. Estaba usted convencido de que no se respetaban esas zonas necesarias para pastorear. ¿Toda aquella lucha le produjo más frustraciones que alegrías?

Comencé a reivindicar las vías pecuarias en 1974. Ni los abogados sabían qué eran las vereas, pero yo sí. Y ganamos todos los juicios, que fueron muchos. Durante años estuve solo, con la ayuda de Elena. Y la cosa llegó hasta las Cortes y al Parlamento de Andalucía. Y luego llegaron los ecologistas… ¡Yo sé bien las veces que acabé en el cuartel de la Guardia Civil y ante el juez! Hoy algunas de esas veredas las han recuperado. Otras están amojonadas, pero siguen usurpadas y borrachas de química, mientras que otras, igual que en 1974, siguen sin amojonar y usurpadas.

El único movimiento que veo hoy al respecto son las borregas que, una vez al año, recorren el Paseo de la Castellana, que es una vía pecuaria. Pero eso es una tortura para los animales, por ese asfalto. Que se lo pregunten a ellas si no. Yo no consentiría que hicieran eso con mis cabras. Las luchas hay que librarlas en el tajo, en las veredas, en los abrevaderos y en los descansaderos.

Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras

¿Le ha perjudicado estar siempre alejado del poder político?

La cuestión es que he estado siempre alejado y, además, he sido crítico con todos los que han tenido el poder. Cuando acabo de cantar siempre vuelvo con las cabras y no me relaciono. Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento.

¿Por qué cree que se enganchó de pequeño a los palos más tristes del flamenco (soleás, seguiriyas, tonás), aquellos que hurgan en las penas, el desamor o la muerte, y no a los más alegres?

Cada uno echa por la boca lo que lleva dentro, según su personalidad, y la mía no ha variado. No levantaba dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto. Y aunque nunca he sido yo muy fiestero, también me gusta escuchar bulerías o cantes de Cádiz. Me gusta todo el flamenco, pero hay cantes que no van con mi forma de sentir ni con mi voz.

¿Nunca le han disgustado letras de otros cantaores a los que usted admira?

Bueno, en lo que cantan otros no me meto, ni me entretengo en lo que hacen, pero sí que hay letras flamencas que yo no cantaría, porque no las siento. Con eso me basta: ni me gusta que me digan lo que tengo que cantar, ni yo soy juez del repertorio de mis compañeros.

A veces da la sensación de que algunos cantaores están, en lo que respecta a las letras, desapegados de lo que ocurre en el mundo.

Pues no lo sé, porque lo que pasa en el mundo está a la vista. ¡Y lo que no se ve! Una vez un periodista me preguntó sobre qué pensaba de las críticas que otros cantaores hacían a mis letras. Le respondí que yo veía muchas injusticias y que si estos compañeros pensaban que el mundo era perfecto, que siguieran cantándole a los farolillos de la Feria de Sevilla. Libertad para que cada cual cante lo que quiera. Yo me preocupo de decirle al público “mis” verdades y, si alguna vez me equivoco, procuraré rectificar.

La Junta se hizo cargo de distribuir el pienso y fueron perdiéndose esos festivales de los pueblos y naciendo otros en el extranjero con el dinero de los andaluces

¿Ha cambiado mucho el mundo del flamenco desde que usted empezó en el tardofranquismo hasta ahora?

Durante el franquismo poco conocí del flamenco. Lo de La Cuadra, que llevaba un mensaje de rebeldía, y cuando iba a cantar a las ventas, que era todo lo contrario. Fiestas de señoritos y mucha miseria. Fue en el 77 cuando empecé en los festivales. Había muchos y buenos en Andalucía. Y en los 80 fue enorme la cantidad que hubo, uno casi en cada pueblo. Era una maravilla.

Luego la Junta se hizo cargo de distribuir el pienso y fueron perdiéndose esos festivales de los pueblos y naciendo otros en el extranjero con el dinero de los andaluces. Otra diferencia es que, entonces, cantaban quienes decidían las peñas y los directores de los teatros. El sitio de figura había que ganárselo entre los demás, gracias al público y no a base de apoyos políticos o a golpe de televisión. Tú dirás si ha ido para mejor o para peor. Si se le pudiera preguntar al flamenco, creo que diría que para peor.

Porque la cantera siempre ha estado en los pueblos y ahí es a donde hay que llevar el flamenco. Cuando Andalucía esté abastecida de cante, baile y guitarra, que se lo lleven a donde quieran. Pero si lo llevan a Nueva York, si es posible que lo paguen los neoyorquinos, como aquí se paga a los músicos que vienen de allí.

 

Texto: Israel Viana
Fotografía: Juan Pablo Pereda

 

“Si otros cantaores ven el mundo perfecto, que sigan cantándole a la Feria de Sevilla”

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