Bolsonaro y sus 49 millones de votos: ¿Es el fin de la política?

Por Paul Walder, El Clarín de Chile

El candidato ultraderechista a la presidencia de Brasil, que obtuvo casi 50 millones de votos en la primera vuelta, lejos de constituir una sorpresa es parte de un proceso de oscuridad que envuelve el planeta. Sin la necesidad de golpes de Estado, las posiciones más retrógradas logran por la vía electoral hacerse de los gobiernos. […]

El candidato ultraderechista a la presidencia de Brasil, que obtuvo casi 50 millones de votos en la primera vuelta, lejos de constituir una sorpresa es parte de un proceso de oscuridad que envuelve el planeta. Sin la necesidad de golpes de Estado, las posiciones más retrógradas logran por la vía electoral hacerse de los gobiernos. No puede ser sorpresivo un vuelco a esta nueva escena política si desde hace pocos años Donald Trump fue elegido en Estados Unidos con propuestas, aun algo más embozadas que las de Jair Bolsonaro, sí similares.

El brasileño llega aún más lejos. Asume gran parte de las políticas de Trump, es racista, clasista, machista, misógino, homofóbico, y suma, a diferencia del proteccionismo del America First, las doctrinas económicas neoliberales. Con un economista de la Escuela de Chicago y con experiencia en la dictadura chilena, propone una mezcla llena de contradicciones. En una mano el desenfadado autoritarismo, la nostalgia de las dictaduras y un recetario extremadamente conservador; en la otra, el neoliberalismo, la privatización y la eventual venta de los activos brasileños y una economía entregada a los mercados para fruición del FMI y Wall Street. Una fusión contradictoria aun cuando cercana. El Chile de Pinochet, represivo, fundamentalista y mercantil, es su experiencia inspiradora. Bolsonaro no ha tenido reparos en declarar su admiración por el dictador chileno.

Las propuestas de Bolsonaro, que encandilan a millones en Brasil, y también a los mercados y al capital global, ha liberado en Sudamérica un proceso que tiene muy mal pronóstico. La conversión en políticas públicas de las expresiones más extremas de una sociedad, desde los fanatismos religiosos al racismo sin filtros, desde las intolerancias sin límites al desprecio por las minorías y los más débiles, es el deslizamiento, sin freno ni reflexión, hacia la barbarie. Es el quiebre de algunos consensos logrados por el sistema político mundial tras un siglo que dejó millones de muertos. El discurso de Bolsonaro, menos filtrado que Trump, pero efecto de su inspiración, derriba no solo las políticas de inclusión y tolerancia, sino también la misma declaración de los derechos humanos.

¿Por qué decenas de millones votan por el odio y la intolerancia? Por miedo, por frustración, por desesperación. Por aislamiento y exclusión. Por el fracaso de las democracias representativas y su incapacidad de dar respuesta a las demandas y por la extendida corrupción. Por la crisis de los partidos y la fragmentación social. Por la crisis económica, la pobreza, la desorientación. Por la propaganda de los medios hegemónicos vinculados a las élites y al gran capital.

Los fascismos emergen en estas circunstancias. Lo hicieron con anterioridad en una escena con rasgos similares. Está la crisis económica, la debilidad del sistema político, la falta de expectativas y dirección social, y están los responsables: los otros, que pueden ser desde los gobernantes socialdemócratas, el PT, las minorías, quienes promueven los cambios sociales, o los inmigrantes.

Es Bolsonaro, Trump, Viktor Orbán, Matteo Salvini y otros que emergen al primer lugar de la política. Todos han llegado, o están a punto de llegar, a través de un sistema que atisba su fin. Si desde aquí es posible estimular el odio y las desigualdades como valor social y civilizatorio, es también posible continuar hacia la total destrucción de los sistemas políticos como mecanismos de representación no sólo de los derechos ciudadanos sino humanos. Si este proceso sigue en su avance, y hay señales para afirmarlo, será efecto del estrepitoso fracaso de los actuales modelos representativos que han facilitado la corrupción y la extrema desigualdad.  Nunca en la historia de la humanidad se había creado tanta riqueza y tan rápido, y nunca había sido distribuida de forma más desigual.

Una muy reciente entrevista a la pensadora de origen húngaro Agnes Heller sobre el gobierno de Viktor Orbán nos alerta acerca de este trance mundial: estamos padeciendo un proceso de “refeudalización” que gana ventaja en Europa, en la mayor parte de Asia y África y en muchas zonas de Latinoamérica. La refeudalización es el surgimiento de uno o varios “tiranos” que determinan la política de un país, quienes son elegidos en unos comicios generales que han perdido su sentido democrático. Es el surgimiento de élites, de nuevas oligarquías que vinculan el poder político y el económico y se lo traspasan entre ellos.

Es muy probable que Bolsonaro, que superó en las elecciones del pasado domingo las predicciones más optimistas, resulte ganador el próximo 28 de octubre en la segunda vuelta presidencial. Un triunfo de los discursos más extremos en el país gravitacional de Sudamérica sin duda que afectará a todos sus satélites en cuanto a políticas y programas. Hoy en día, sin la capacidad de volver atrás a las fracasadas socialdemocracias, viviremos en la completa incertidumbre.

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