Publicado en: 12 octubre, 2018

Balotaje en Brasil: Cómo luchar contra el fascismo

Por Jorge Altamira

Las elecciones han puesto de manifiesto el derrumbe de las organizaciones obreras (petistas), como ya había ocurrido en ocasión del golpe contra Roussef.

La distancia que separa los votos del ultra-derechista Bolsonaro y el resto de quienes participaron en el primer turno de las elecciones en Brasil el pasado domingo, ha funcionado de hecho como un balotaje. Bolsonaro quedó a cuatro puntos de los necesarios para ganar la presidencia de Brasil, con cerca de cincuenta millones de sufragios – una ventaja de dieciocho millones de votos y dieciocho puntos porcentuales sobre el segundo, el candidato del PT, Fernando Haddad, apoyado por veintinueve millones de electores. Ninguna combinación con las restantes fuerzas políticas que fueron a las urnas podría alterar, dentro de tres semanas, el resultado favorable a la derecha – para que eso ocurra deberían intervenir factores excepcionales.

La disputa en el balotaje

La derecha, de todos modos, necesita reforzar el aluvión de la primera vuelta – una disminución significativa de la diferencia de votos produciría un gobierno débil. Bolsonaro ya ha declarado que no tiene la intención de modificar su campaña reaccionaria para acercar votos ajenos, precisamente por la necesidad de establecer un Ejecutivo fuerte que le permita gobernar por encima del Congreso. Haddad, por el contrario, pretende que el resto de los candidatos participen de su campaña electoral, en un Frente Democrático explícito. Con ese propósito se ha reunido incluso con el derechista Alckmin, el primer preferido de la burguesía brasileña antes de cambiar presurosamente hacia Bolsonaro, y con el banquero Meirelles. Mientras el lumpen politicastro Bolsonaro apunta a acentuar su rechazo al viejo orden político, Haddad busca en ese viejo orden un salvavidas. Es difícil, sin embargo, que lo logre, pues nadie ha aceptado hasta ahora subirse a su tribuna, e incluso han demorado el anuncio de intención de voto.

El escenario político brasileño se explica por la envergadura colosal de la crisis sistémica del orden social y político de Brasil. El déficit fiscal (en especial el financiero) es del orden del 10% del PBI, alrededor de los u$s130 mil millones; la deuda pública supera el ciento por ciento del PBI, más de un billón de dólares; la recesión de la industria ha entrado en su cuarto año; la desocupación más la subocupación alcanza a más de treinta millones de trabajadores; Brasil tiene el índice internacional más alto de víctimas mortales de la delincuencia común; el ejército interviene en la seguridad de varias ciudades, notablemente en Río de Janeiro. El empeoramiento de las condiciones económicas y financieras internacionales y la guerra financiera y comercial que se ha desatado entre sus principales potencias, amenazan llevar a Brasil a la cesación de pagos.

Revanchismo militar

El ascenso político de la escoria social de Brasil obedece a varios fenómenos relacionados entre sí. El de mayor relevancia es la bancarrota de la experiencia de Frente Popular, animado por el PT, que gobernó entre 2003 y 2016 en asociación estrecha con el gran capital brasileño e internacional, y con los principales partidos corruptos de la burguesía. Con el planteo de construir “campeones nacionales”, en alusión al desarrollo de compañías brasileñas asociadas a negocios internacionales, se embarcó en un enorme esquema de corrupción y en una ruinosa política de subsidios. El muy difundido apoyo económico a las familias más pobres – una migaja en este festival – pretendió operar como la hoja de parra de los grandes negociados. El segundo factor del giro político ha sido el fracaso miserable del gobierno Temer – fruto del golpe de Estado que derribó al Dilma Roussef –, en cuanto a superar la crisis económica y crear una referencia política estable desde su seno. Lo que, por último, caracteriza a esta arremetida de la derecha es el operativo del alto mando militar, que ha ido ocupando posiciones estratégicas en el Estado – desde la recuperación del ministerio de Defensa hasta la intervención militar en Río.

El enviado de Ámbito Financiero a Brasil ha dado a conocer un detallado informe acerca de la estrategia político-militar desde 2014 (8.10). El diario El País informa que el comandante en jefe del Ejército ha impuesto a un general de reserva como asesor del nuevo presidente del Supremo Tribunal de Justicia (5.10) – el equivalente a la Corte Suprema de Argentina. Jair Bolsonaro es el instrumento político del alto mando militar – un golpe de estado bajo ropaje electoral. El alto mando militar ha logrado reunir bajo su ala a los bloques parlamentarios del ruralismo y de las iglesias evangélicas, que se encuentran mimetizadas en frentes políticos con partidos diversos. Además, ha logrado imponer en el Congreso a unos setenta militares de la reserva. La patronal brasileña, que hace dos décadas aupó a Lula al gobierno, ha desarrollado una campaña de coacción entre los trabajadores, para contrarrestar cualquier propaganda contra Bolsonaro e incluso exigiendo el voto por el derechista a través de comunicaciones internas.

Fascismo, crisis, perspectivas

Es cierto que el apoyo a Bolsonaro es abrumador en la clases más altas y que el rechazo al derechista es también elevado, según encuesta de Ibope, entre los brasileños que ganan hasta un salario mínimo, aquellos que apenas cursaron la primaria y la población negra. Es claro, sin embargo, que millones de trabajadores han votado al agente militar abrumados por la crisis económica y por la descomposición de la vida urbana. Brasil no es una excepción en este aspecto; el derrumbe de la izquierda tradicional y de la burocracia sindical produce una atomización de la clase obrera que pasa a ser presa de la demagogia fascistizante. Según las primeras informaciones, el PT perdió en el ABC industrial de Sao Paulo, y tampoco fueron elegidas sus figuras históricas: Dilma Roussef y Fernando Pimentel, en Minas Gerais, Eduardo Suplicy, en Sao Paulo, y Lindberg Farías, en Río de Janeiro. No se trata, sin embargo, de una regresión de alcance histórico sino coyuntural, cuya duración dependerá de la evolución de conjunto de la crisis y de sus protagonistas políticos. La tutela militar de un gobierno electo es una operación por demás peligrosa.

La crisis económica, bajo el gobierno Bolsonaro, tendrá un alcance mayor que la que ha enfrentado Temer, por el peso de los problemas no resueltos, por un lado, y por la acentuación de la crisis mundial, por el otro. Ni la burguesía brasileña, ni el Estado brasileño tienen los recursos propios para lidiar con una crisis de esta envergadura. El corresponsal del Financial Times advierte que “no está claro si el derechista que lidera el segundo turno siquiera será capaz de cumplir con lo que los mercados quieren en el caso de que se convierta en presidente” (LatAm Viva, 5.10). La madre de todas las batallas – la reforma previsional –, pondrá a prueba la capacidad de todas las clases en disputa para defender sus intereses y objetivos. En la clase capitalista, y en las fuerzas armadas en especial, una privatización completa de Petrobras o la entrega de la aeronáutica Embraer a Boeing, desatarán conflictos agudos. Estas privatizaciones han sido planteadas por el ministro de Economía ‘in pectore’ de Bolsonaro, Julio Guedes, un ex Banco Pactual, para reducir la deuda pública con lo que se recaude.

#EleNao

Las elecciones han puesto de manifiesto el derrumbe de las organizaciones obreras (petistas), como ya había ocurrido en ocasión del golpe contra Roussef. Tampoco enfrentaron la reforma laboral y el ajuste llevados adelante por el gobierno Temer. Más allá de su verborragia, no advirtieron que estaba en juego una pelea contra el revanchismo militar y sus grupos de tareas, por eso no convocaron a la acción directa y a la movilización; manejaron las elecciones como un trámite burocrático. Es lo que puso en evidencia el movimiento de mujeres con la movilización, hace diez días, contra Bolsonaro, bajo la consigna #EleNao, que repetirán el 20 de octubre próximo – mientras la CUT, la UES y el MST siguen paralizadas. La política del Frente Democrático con los partidos patronales (que repudian la lucha de calles) y de la resistencia a la derecha por medios institucionales, es incompatible con el pueblo en la calle. En el caso de la movilización de mujeres, estamos en presencia de un fenómeno de masas, en el desarrollo de la crisis política presente, que será el hilo conductor de los explotados en las distintas instancias de esta crisis. En esta línea de acción llamamos a los sindicatos obreros y campesinos y a la juventud, a una campaña para convocar a Congresos de Delegados electos para discutir una política de lucha de clases contra el candidato fascistizante del aparato militar y su eventual gobierno.

Como partido, impulsamos la consigna y los métodos del movimiento de mujeres: #EleNao, a la calle, a la huelga, a la formación de piquetes anti-fascistas. No apoyamos, por lo tanto, ni a Haddad, ni al PT, ni a sus políticas, nos declaramos en oposición a ellas. Adherimos e impulsamos con nuestra política la posición de votar a Haddad contra Bolsonaro, o sea, no con la política del PT sino con la política que esboza el movimiento femenino. Adoptamos esta posición como un método para desarrollar la unidad y la convergencia con el movimiento popular de mujeres que vuelve a ganar la calle contra el fascismo.

Coherencia

El Partido Obrero ha desarrollado una política ejemplar en toda esta crisis, desde el juicio político a Roussef, que caracterizamos como un golpe de estado (o sea de todas sus instituciones, especialmente el ejército), no como un golpe parlamentario o palaciego. El balotaje será una culminación provisional de este desarrollo político. En el pasado, hemos llamado a votar el PT como un canal de desarrollo potencial de la clase obrera, con claras diferencias políticas con su dirección. En 1995, convocamos a votar solamente a sus candidatos obreros, debido a que Lula inauguraba una política de Frente Popular con un latifundista como vice. De ahí en adelante dejamos de apoyar electoralmente al PT, porque se había convertido en el instrumento preferente de la burguesía – rechazamos votarlo en 2002. Nuestro llamado actual es enteramente diferente: el PT es el partido de una camarilla en descomposición, no un canal de lucha. Convocamos a votarlo contra Bolsonaro, porque es un puente con las masas que buscan, a pesar del PT, un camino de combate contra el fascismo.

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https://prensaobrera.com/internacionales/44600-editorial-balotaje-en-brasil-como-luchar-contra-el-fascismo

 

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