Asturias. Un viaje de la Memoria Revolucionaria

Por Antonio Rubira

Un viaje en tren a la Cuenca Minera del Nalón en 2018 para hablar sobre la lucha de la clase obrera en los años treinta, se convierte en un viaje a la Asturias revolucionaria de 1934.

Por Antonio Rubira

En el tren de la memoria viajo desde la meseta a la Asturias revolucionaria, olvidando que los hechos tuvieron lugar hace más de 80 años. Aquí no hay nada que hacer, hay que ir a Asturias. Madrid está paralizado por la huelga, pero no hay insurrección y nadie organiza nada. En Asturias lo están haciendo todo. Mientras en el resto del país las Alianzas Obreras no suman las dos grandes organizaciones sindicales, a pesar del frente único en las huelgas desde hace más de un año, la revolución solo se lleva a efecto en Asturias, único lugar donde la lucha y movilización la hace el conjunto de trabajadores organizados. Los raíles atraviesan las montañas que llevan a su capital insurreccional, Mieres, por la misma vía, caminos y cumbres nevadas que aquellos mineros y metalúrgicos tomaron posesión para transformar la sociedad. Enrique, minero del Pozo Candil, e Higinio, ferroviario, me llevan al Ayuntamiento donde se ha proclamado la República socialista. Sin tiempo de asimilar los vítores de miles de obreros, me muestran una placa dedicada a quien dirige la proclama desde su balcón y uno de los máximos dirigentes de la insurrección –Grossi, minero y vicepresidente de la Alianza Obrera-.

Es la mayor gesta obrera de Europa occidental el pasado siglo, y tanto la dictadura burguesa en cuarenta años como la democracia burguesa en otros tantos, la ignoran. Convenientemente silenciada por la incultura de masas bajo el control ideológico del poder establecido y arrinconada en los libros de historia, cuanto más se conoce más impresionante es su significado. Me advierten personas sensatas que tenga cuidado, las cosas no son como parecen y el sistema no se puede cambiar. Rechazo consejos tan pragmáticos como vacíos y voy en busca de la realidad: en Asturias lo están haciendo.

Me dirijo a Langreo, capital de la Cuenca Minera del Nalón, donde a un lado del río, el Ayuntamiento de Sama, igual de recio y majestuoso que el de Mieres, muestra el orgullo de una población dispuesta a culminar la revolución: los mineros combaten a sangre y fuego el puesto de la Guardia Civil, tras cuya victoria se amontonan decenas de muertos en sus calles. Los compañeros me espabilan mostrando los esqueletos de hierro de instalaciones abandonadas de Duro Felguera cuando cruzamos a la otra orilla. El templete del parque esconde armas y dinamita que los obreros almacenan para la lucha, pero no veo sus columnas marchando por las calles. Me dicen que están en la carretera que sube por la empinada montaña, hasta el camino que viene de Mieres para ir juntos a tomar Oviedo. Mientras tanto, los Hornos de Fundición y Calderería de La Felguera producen camiones blindados para la revolución.

En las Cuencas Mineras han aplastado a las fuerzas del Estado: uno tras otro han ido cayendo en sus manos los cuarteles de la Guardia Civil, instalados en todas las localidades cerca de los Pozos. Han colectivizado su economía. No parece importar que haya más brazos para empuñar las armas que fusiles y municiones. Básicamente con dinamita han frenado el Ejército que viene desde el sur, en Campomanes. ¿Por qué se anunció la fecha de la insurrección dando tiempo al gobierno para esconder los cerrojos de los fusiles y las espoletas de las bombas? Aún así, la victoria está asegurada, dicen. Basta que en el resto del país se haga la mitad de lo hecho aquí.

Todavía no saben que perdieron. Esos aviones bombardeando los barrios obreros de las Cuencas Mineras y Gijón durante horas, ¿de dónde han salido? ¿No han sido desarticuladas las fuerzas militares fuera de Asturias? Si estamos venciendo, ¿por qué llegan miles de soldados en trenes para combatirnos?, ¿qué hacen cientos de moros y legionarios en Gijón descendiendo de barcos procedentes de África?… Si la huelga general revolucionaria se ha convocado simultáneamente en toda España, ¿es que no se ha hecho lo propio en el resto del país? La insurrección obrera, preparada durante meses en todo el Estado, solo ha triunfado en las Cuencas Mineras asturianas y, parcialmente, en Oviedo y Gijón además de algunas zonas mineras del norte de Palencia y León. ¿Cómo le digo a los revolucionarios asturianos que se han quedado solos, que en Madrid la huelga general es la más general de su historia, pero no hay nada organizado para hacer lo mismo que ellos? ¿Cómo les explico que en la ciudad más industrial del Estado, Barcelona, el falso protagonismo de la pequeña burguesía lo ha derivado a la cuestión nacional claudicando, mientras se ha desactivado en la clase obrera, sin que ni una ni la otra se hayan coordinado para triunfar? Los anarcosindicalistas no han convocado la insurrección nada más que en Asturias, y los socialdemócratas no hacen nada fuera de Asturias de lo que llevan diciendo diez meses. Tendríamos que hablar de las tácticas y estrategias de las organizaciones obreras para este gigantesco despropósito, pero no hay tiempo. Hay que seguir haciendo la revolución.

Los compañeros me llevan a la puerta de diferentes Pozos mineros; sobrecoge lo imponente de sus estructuras metálicas de más de veinte metros de altura que, erigidas impertérritas, señalan a todo el mundo que desde ahí, miles de mineros bajan todos los días a las entrañas de la tierra a extraer carbón para el desarrollo económico de la sociedad. La emisora de radio del coche con la habitual propaganda de un Banco me devuelve a una realidad paralela: “Gracias a quienes hacen mover el mundo, los autónomos”. Contengo las ganas de vomitar al comprender que la contraofensiva ideológica de la clase dominante precisa mentir para subsistir. Son los mismos que apoyaron el golpe de Estado de Franco y la dictadura, para mantener su control económico en la sociedad. Los gestores del orden establecido al servicio del capital buscan de manera consciente el Alzheimer social en la clase trabajadora. Saben que el conocimiento de la Historia y la realidad, es comprensión y poder para transformarla.

La República burguesa les ha defraudado, como a los trabajadores del resto del país, por lo tanto, hay que cambiar el sistema económico y no solo el político. Arañando un poco bajo la piel del aparato de Estado y la estructura económica, ven claramente la España monárquica y caciquil de siempre. Además, ante la fuerza y movilización de la clase obrera, amenazan con poner ministros de la CEDA. ¡No van a conseguir lo de Hitler en Alemania el año pasado, ni Dollfuss hace unos meses en Viena! Qué tragedia, no saben que a miles de kilómetros el estalinismo no quiere ninguna revolución socialista y está preparando el mayor nivel de fusilamientos de comunistas de la historia en nombre del comunismo. Fuera de la URSS, miles de comunistas luchan y mueren haciendo la revolución, sin conocer ni los hechos ni los motivos de tamaña contrarrevolución. ¿Cómo les digo en mitad de la acción revolucionaria, que su experiencia nos ha enseñado que sin un partido revolucionario apoyado en la teoría revolucionaria no hay victoria en una acción revolucionaria?

Al llegar a la puerta del Pozo María Luisa, no nos dejan pasar. Debe estar cerrado por huelga de los mineros ante la muerte de algún compañero, Santa Bárbara bendita... El guardia de seguridad nos informa que está tapiada y muerta, solo conservan las instalaciones. Pobrecillo, no sabe que siempre estará viva y su memoria nunca se perderá. Un nuevo compañero se une al viaje de la memoria, Manuel, minero que ha trabajado en esta mina muchos años y dirigente sindical en ella. Llegamos al Pozo El Sotón y se nos permite entrar en sus instalaciones para ver la cara más amarga de una de las profesiones más honorables y duras de la clase trabajadora. Ante nosotros se extiende una explanada de casi cien metros frente a la imponente estructura del Pozo, donde respetuosamente están colocadas en un tupido jardín más de 500 placas con el nombre de los mineros muertos en accidente laboral, señalando la fecha y el Pozo en que trabajaban. Solo constan los que pertenecían a HUNOSA desde 1967, no los mineros muertos de empresas privadas -al menos otros tantos desde entonces-, ni los derivados de accidentes o silicosis, ni los miles desde el siglo XIX hasta esta fecha. Estremece de manera especial ver juntas las placas de mineros de un mismo Pozo, muertos en un mismo día, como señala Enrique de dos compañeros suyos del Pozo Candil, o de otros cuatro del Pozo María Luisa que indica Manuel.

¿Por qué la Alianza Obrera UGT-CNT de hace siete meses por la revolución social contra el capitalismo solo se ha sellado en Asturias? Me dicen que no tema, a la hora de la verdad estaremos todos unidos, pues ambos sindicatos llevan más de un año convocando multitud de huelgas conjuntamente en todo el país. ¿Qué tiene Asturias para esa diferenciación táctica y estratégica que será tan determinante para la suerte de la revolución? La clave: que las cuencas mineras asturianas concentran decenas de miles de obreros mineros y metalúrgicos donde la conciencia de clase se ha ido forjando por medio de la lucha y la organización en décadas. Llevan desde comienzos de año con huelgas y manifestaciones unitarias: económicas y políticas. Bajo los cascos y monos de trabajo en las fábricas y minas, el diferente carnet del sindicato –repartido casi a partes iguales- pesa menos que su conciencia de clase en la lucha común.

Bajo a una mina para comprender mejor los resortes de la conciencia de clase. Mi agobio en la jaula ascensor que desciende a gran velocidad provoca la sonrisa de Manuel, comenta como algunos de ellos lo han hecho algunas veces sin tocar el suelo, apretujados. Junto a Enrique e Higinio –hijo también de minero-, los tres me explican que la organización del trabajo es colectiva aunque cada uno ocupe un lugar distinto. Es imprescindible la ayuda y colaboración entre ellos para arrancar el carbón y trasladarlo. No podrían trabajar correctamente a 600 metros bajo tierra sin coordinarse, pues dependen unos de otros para avanzar sin derrumbamientos en la mina y garantizar la seguridad de todos. Busco en las laderas interiores hablar con algún minero, inclinado sobre una altura que no llega a un metro y un martillo de seis kilos picando durante horas cada día. Pero no veo ninguno entre las vigas de madera que han ido colocando para trabajar sin que se les caiga la montaña encima. El chillido de los escolares que vienen de Gijón a visitar el museo de la Minería me despierta. Les han apagado la luz, inexistente en la galería de una mina real, y se han asustado. La escalera “de mano” que permite ver las zonas de trabajo inclinadas y de bajo techo, tampoco existe en la realidad. Se sube y se baja por los estrechos y bajos taludes no solo para picar el carbón, sino para llegar y salir de allí.

Son necesarios más de 17.000 soldados armados hasta los dientes con apoyo de artillería y aviación, llegados de toda España por tierra, mar y aire, desde las carreteras de León, Galicia y Cantabria, para obligar a los revolucionarios a retroceder hasta las cuencas mineras y aislarles. Aún así, resisten una semana más. ¿Si en Madrid y Barcelona hubiesen hecho lo mismo que en Asturias -como estaba supuestamente organizado- habría soldados suficientes para vencerles? En el nombre de la República burguesa se produce la mayor represión posible del intento de una República socialista. ¿Qué ha aprendido el movimiento obrero? ¡Mucho!, ya lo verás. A pesar del asesinato sin juicio de cientos de revolucionarios y miles de ellos encarcelados hasta el 36, un golpe de Estado militar provoca de nuevo la revolución. Esta vez en la mitad del país, incluyendo las grandes ciudades, zonas industriales y latifundios. La victoria es más segura que en el 34, dicen en Asturias. ¡Ya no estamos solos!, se suma Barcelona, Madrid, Valencia… donde los trabajadores han derrotado la contrarrevolución e imponen el control obrero en gran parte de la producción y la distribución con milicias armadas para enfrentarse a los militares fascistas. ¡Igual que nosotros!

¿Cómo les explico que ahora es todavía más terrible la derrota? La pregunta da miedo, ¿qué han aprendido las direcciones de sus organizaciones? Más miedo da la respuesta. La orientación táctica y estratégica en lugar de consolidar y ampliar lo mismo que en Asturias dos años antes -la revolución obrera- , se cambia de rumbo a un movimiento popular contra el fascismo, donde una República burguesa combata militarmente una dictadura burguesa, anulando la revolución proletaria. La sombra del estalinismo es alargada, vestidos de reformistas todavía no han comprendido. Aún justifican lo injustificable sin aprender nada. Dos veces, dos has tenido, oportunidad para ganar, y las dos veces por distinto motivo, traicionada estás. Sin comprender la derrota, no estaremos preparados para la victoria.

Me dice Higinio que ya hemos llegado, veo la placa cubierta de flores junto a la marca en el suelo donde 1.800 revolucionarios han sido fusilados frente al cementerio de Oviedo, desde que entran las tropas franquistas en octubre del 37. Se han aprovechado de la falta revolucionaria de dirección obrera en la revolución más obrera de la clase obrera. Miro hacia abajo, a la ciudad, y solo distingo la torre de su Catedral. Observo las caras orgullosas de quienes van a morir mirando con desprecio a sus cobardes verdugos, nosotros hemos luchado como obreros y vosotros sois gusanos domados por el capital, dicen mientras escupen a la cara de los fascistas. Cincuenta metros más abajo, yacen juntos para siempre en una fosa común. Han sido necesarias varias décadas para que sus descendientes puedan recordar sus nombres, edad y lugar de procedencia esculpidos en el negro mármol que, además de fijar la fecha de su asesinato, deja constancia eterna de su valor.

Ahora que me acuerdo, yo iba a la Cuenca Minera de Langreo a presentar un libro sobre la lucha de la clase obrera en los años treinta, pero me doy cuenta en realidad de que era solo una excusa para visitar el corazón de la revolución. Mientras su silueta sigue recortada en los corazones de los obreros del mundo, sus hijos y nietos mantienen su memoria con la cabeza alta.

Antonio Rubira León

Abril 2018

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