Publicado en: 13 mayo, 2018

Anticapitalismo político

Por Antonio Lorca Siero

El anticapitalismo ha pasado a ser un suerte de vía propagandística para ganar seguidores, al objeto de acceder al poder político, sin que la finalidad real de sus promotores sea poner límites a su espíritu depredador. La propuesta que se avanza es plantear un anticapitalismo realista.

“Anticapitalismo político”

Por anticapitalismo suele entenderse cualquier toma de posicionamiento dirigida a combatir los planteamientos que rigen un sistema basado en la explotación de todo aquello que permita incrementar indefinidamente el capital sin sujeción a norma. Aunque invertir capital para generar más capital, parecería inocuo, al practicarse sin atenerse cuanto menos a principios éticos y al margen del sentido de humanidad, pasa a ser agresivo. No obstante, si nos quedamos con la parte amable, referida, por ejemplo, a la mejora de la calidad de vida de las personas, la generación de puestos de trabajo, la libertad de empresa o el acceso al consumo para satisfacer necesidades, pudiera entenderse tolerable. Y es desde este argumento publicitario como se ha vendido el capitalismo a las masas por sus fervientes defensores. Sin embargo, el anticapitalismo ha tratado de ponerlas en guardia, exponiendo argumentos para negar sus falsas virtudes, oponiéndose a él en base a distintos razonamiento, considerando básicamente que es pernicioso para la sociedad en los términos en los que viene operando.
Visto desde una panorámica objetiva, el anticapitalismo es una propuesta seria y digna de ser tomada en consideración, puesto que su propósito ha venido siendo poner de relieve las injusticias del modelo capitalista que se extienden a nivel global. Enfrentarse abiertamente a las mismas resultaría ser un ejercicio de racionalidad. Pero el problema radica en que el capitalismo es una realidad compleja, que incluso va más allá de ser un sistema económico, político y social, arraigado en todo el mundo, conviviendo con la existencia colectiva hasta el punto de que, dada su aceptación, no sería posible combatirle de manera efectiva usando de los procedimientos tradicionales en el marco de la política. Por eso, y pese al espíritu depredador y deshumanizado que subyace en el fondo de su actividad, los intentos racionales para liquidarlo han resultado fallidos. De ahí la conveniencia de abordar la cuestión en términos realistas y más allá de los planteamientos políticos o simplemente ideológicos.
Fracasados los intentos utópicos de los dos últimos siglos, que hablan básicamente de lucha de clases o de reivindicaciones laborales, lejos de reconducirse el tema más allá de ficciones ideológicas, se ha insistido en seguir en la misma línea, incurriendo en el error de combatir al capitalismo desde fuera, cuando puede hacerse desde dentro. Hasta ahora los proyectos ideológicos anticapitalistas han sucumbido frente al capitalismo y en cuanto a las propuestas revolucionarias concluyeron en fracasos. Lejos de enfocarse la cuestión en términos sociales, desde la pertenencia a la sociedad capitalista, se ha tratado de abordarla acudiendo a la ficción, simplemente declarándose anticapitalista, pero sin ofrecer alternativas serias para superar el modelo capitalista vigente. El anticapitalismo apenas ha salido del terreno político y sus sucedáneos, apoyándose en planteamientos ideológicos y movimientos que tienen como finalidad cambiar la forma de poder, para en el fondo tratar de sustituir un sistema elitista por otro, en el que las masas siguen precisando de asistencia para gobernarse.
El capitalismo burgués, superador de la oligarquía feudal, se embarcó en un nuevo orden de progreso social y lo hizo revitalizando al individuo común frente al elitismo de las oligarquías nobiliarias basadas en la herencia. Aunque no abandona el sentido minoritario, permite romper con los planteamientos tradicionales, ya que cualquiera puede definirse como individuo, siempre que sea asistido por el poder del dinero, y así se conquistó el derecho común a ser persona. Se ha abierto pues la estructura de la individualidad pero apuntando a la masas por razones de mercado. Sin embargo la burguesía a medida que desarrolla el sentido dominador del capitalismo se convierte en minoría y se define como clase social, para con el paso del tiempo hacerse más excluyente y oligárquica. Aunque el poder del dinero ha remplazado al poder de la sangre, al pasar a ser controlado por unos pocos, resulta que el avance inicial se ralentiza. No obstante, la semilla de la individualidad, el gozar de la condición de persona, ya está plantada y puesta al alcance de todos. Pero el modelo burgués, siguiendo movimientos paralelos en los que caminan por diferentes vías riqueza y capital, se fue alejando de la realidad social para encerrarse en las esferas de un poder minoritario, dejando a las masas como caldo de cultivo del negocio, sin posibilidad de participar en él. Simplemente las ha mantenido entretenidas con derechos y libertades otorgadas por el gobernante, publicitando un ambiente de bienestar. El segundo capitalismo ha radicalizado las posiciones iniciales y simplemente se ha dedicado a la explotación de las masas en interés del negocio.
En lo nuclear, pese a las controversias, el capitalismo ha contribuido al progreso, con lo que liquidarlo sin más sería dar marcha atrás y renunciar a las cotas de bienestar alcanzado. De ahí que hablar de anticapitalismo radical pase a ser en principio una idea retrógrada. Lo útil sería transformar y continuar en la linea de progreso iniciada por el capitalismo burgués, pero sometiéndolo al control de las masas. Los distintos proyectos que se mueven en la actualidad etiquetados como anticapitalistas, lejos de abordar la cuestión en el terreno político-social, dirimen el asunto en el campo de la política, invocando argumentos como la maldad del capitalismo y la necesidad de combatirlo, simplemente con propósitos electoralistas. Pero de lo que se trata no es de liquidar el capitalismo sino de descabezarlo de la elite y del clasismo, para ponerlo al servicio de la colectividad.
Objetivamente considerado el tema, podría decirse que el anticapitalismo político actual es simple propaganda. No pretende en conciencia destruir al capitalismo ni controlarlo ni suavizar su espíritu depredador ni humanizarlo ni establecer como prioridad en sus prácticas los intereses de las masas frente a los empresariales, sino utilizarlo como moneda de cambio político para que nada cambie. Simplemente consiste en hacer de él una estrategia política. Se trata de, al amparo del juego democrático de la representación, tratar de desplazar a los competidores en la carrera política por el poder, para que quienes se declaran anticapitalistas puedan acceder a él y una vez allí continuar con el capitalismo de minorías. De lo que resulta que no es más que una propuesta de cambio de elites políticas desde un argumento atractivo para los descontentos, como puede ser acabar con las injusticias y abusos del capitalismo.
Los que aspiran a la toma del poder utilizando la proclama anticapitalista, lo hacen desde la convicción, basada en la experiencia histórica, de que no es posible liquidar el capitalismo, porque es una forma de vida tan arraigada en la conciencia colectiva de la que no se puede prescindir. No obstante se insiste en los tópicos de la revolución como argumento de seducción de masas. La táctica utilizada se mueve en la línea del populismo político de izquierdas, es decir, una fórmula de persuasión generalizada para ganar a los seguidores desencantados, por una u otra razón, con el sistema. En definitiva, nada serio, al menos no para inquietar al capitalismo de elite, porque este asunto no genera la menor preocupación en las elites del poder -económica y política-, puesto que en el terreno de la realidad ese anticapitalismo político con fines electoralistas está bajo control.
Humanamente considerada la cuestión, no tiene sentido, si se trata desde un mínimo de seriedad, declararse anticapitalista. cuando los personajes que lo promueven se nutren de la leche materna del capitalismo, piensan, sienten y viven como capitalistas e incluso bajo cuerda resulta que son perceptores de subvenciones del propio sistema capitalista. Por coherencia, no es de recibo decir ser anticapitalista cuando se es capitalista, al menos si se postula un anticapitalismo radical. Entre algunas personas, ser anticapitalista se ha vendido como una moda contestataria, que adquiere mayor o menor virulencia a tenor de las circunstancias del momento, simplemente pensada para incordiar. En cierta manera no pasa de ser una forma de aliviar tensiones para que, tras los desahogos ocasiones, las aguas vuelvan a su cauce. Algunos de los anticapitalistas de ahora son herederos de aquellos figurantes de otro tiempo que mostraban su espíritu revolucionario, por ejemplo en estas latitudes, corriendo delante de los grises, tratando de controlar los esfínteres, para, una vez superado el mal trago, celebrarlo con los colegas de la juerga, poniéndose la medalla de combatientes por la libertad. Otros, han tomado la antorcha de los viejos luchadores pacifistas que vinieron combatiendo al capitalismo de palabra, diciendo: el dinero mío es mío y el de los ricos a repartir. Son cosas que suelen suceder cuando la cuestión se aborda desde una dimensión política para encandilar a los votantes, buscando argumentos al objeto de disponer de expectativas para llegar a ejercer el poder.
Es probable que el capitalismo se haya venido aprovechando de estos o parecidos personajes, pura anécdota, a los que se ha reconducido el llamado anticapitalismo con fines políticos, simples voceros de vacuidades, que aspiran a entretener a un auditorio de resentidos sin entrañar el menor riesgo para la estabilidad del sistema. Esta forma de entender la lucha contra el capitalismo se queda corta respecto al anticapitalismo utópico, consistente en sus principios ideológicos, aunque luego desbordado al chocar con el muro de la realidad. Los primeros representan el anticapitalismo de pega, sostenido en la propaganda del grupo de oportunistas que aspiran a una parte del pastel del poder político, echando mano de ideologías prestadas en las que no creen, simplemente adecuándolas a la táctica del incordio por el incordio. El objetivo de tal modelo propagandistico atiende a satisfacer intereses personales de aspirantes a político. Se trata simplemente de una forma de acceder a la política por el atajo, sin pasar por los trámites de meritorio de un partido hasta ascender a posiciones más elevadas en el escalafón. Basta con declararse de palabra contrario al capitalismo y realizar algunos gestos televisivos para llegar a la política como aficionado, preparar una plataforma y si alguien aporta fondos formar un partido para tratar de hacer negocio siguiendo el modelo capitalista, pero resultando ser anticapitalista de boquilla. Otros simplemente esperan ser fichados por las izquierdas, porque eso de proclamarse contrario al capitalismo, aunque sea de palabra, facilita la venta del producto personal. Este anticapitalismo propagandistico es un engaño calculado y trasnochado, que no se resigna a desaparecer con el paso del tiempo, destinado a manipular a las masas, sin ofrecer alternativas reales para la ciudadanía, aunque sí para sus promotores.
Podría concluirse diciendo que bien poco tiene que ver esta forma de anticapitalismo de corte político -vamos a llamarle así para etiquetarlo- con el anticapitalismo utópico y menos aun con el anticapitalismo realista. Porque aquel, aunque perdió la batalla en el terreno de las ideologías y en el marco de la realidad, fue una opción capaz de enfrentarse a la prepotencia del capitalismo de la época haciendo llamadas de atención; este otro, aparece como una nueva alternativa para enderezar la trayectoria del capitalismo, sacándolo del dominio de las elites para tratar de socializarlo.

Antonio Lorca Siero
Mayo de 2018.

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