Alarma colectiva

Por Patrocinio Navarro Valero

Como especie, el género humano ha ido alcanzando algunos logros, especialmente técnicos, que nos liberaron de esfuerzos físicos o mentales que ahora realizan robots.Pero…

Por Patrocinio Navarro Valero

Como especie, el género humano ha ido alcanzando algunos logros, especialmente técnicos, que nos liberaron de esfuerzos físicos o mentales que ahora realizan robots. Gracias a ellos, se consiguen hoy espectaculares  resultados en las comunicaciones, la industria, la sanidad, la agricultura, y muchos otros campos. La robótica se ha convertido en imprescindible hasta en los hogares, y nada de  esto tiene vuelta atrás.

Sin embargo, la proliferación de robots y de la inteligencia artificial  tiene graves  efectos secundarios. Uno de esto se refiere a la salud, que junto al dinero y a la felicidad forma el trípode de los deseos de casi todo el género humano.

Por lo que respecta a la salud, el uso poco controlado del teléfono móvil y los  contadores eléctricos, microondas y wifi, con sus ondas electromagnéticas, alteran el funcionamiento del sistema nervioso o los ingredientes alimentarios, pero apenas si escuchamos alguna voz de alarma, y cuando esta se da, aparecen enseguida supuestos expertos en los medios que en  nombre de la Ciencia quitan importancia al asunto para que todo  siga  igual, pues la tecnología, por lo visto,  está por encima de la salud. Y sin salud no hay felicidad y ni siquiera bienestar.

El segundo efecto secundario negativo es la utilización progresiva de la inteligencia artificial y las máquinas  en el medio rural, en las industrias o en los negocios. En todo el mundo miles de obreros son expulsados a diario de sus trabajos  y sustituidos por máquinas especializadas, con lo cual  un sinnúmero de familias se quedan sin ingresos y  pasan a formar parte cada día de una lista creciente de parados de difícil reinserción laboral, especialmente a partir de una mediana edad, con experiencia y eficacia laboral y  en pleno dominio de sus capacidades, pues la productividad, por lo visto, está por encima de las personas y sus necesidades. Y sin trabajo no hay dinero para consumir, por lo que  se entra en una peligrosa espiral: sin  demanda, las industrias y negocios tienen que cerrar, lo que hace aumentar el desempleo y agudizar las crisis. A medida que la economía se robotiza, la sociedad se deshumaniza. Sin embargo, esto no parece impresionar al sistema capitalista, que apuesta hoy  por una economía de casino y paraíso fiscal.

Por esas dos razones, cada una con su peso específico, estamos enfrentados a un cambio de paradigma negativo que obstaculiza gravemente lo que se había convenido, y con razón,  como pilares del desarrollo de nuestra especie: la salud y el trabajo. Ahora, la una y el otro están supeditadas a las necesidades de la técnica, a la codicia de los consejos de administración de las grandes empresas que controlan las fuentes de materias primas, el dinero  y su puesta en circulación,  y a las decisiones de los gobiernos, que actúan bajo la presión de múltiples lobby en todos los campos donde sea posible ganar dinero rápido. Miles de  hombres grises merodean como buitres en todos los centros neurálgicos del poder mundial, intentando que los legisladores actúen según sus deseos, y lo van consiguiendo paulatinamente.

Existe tan nivel de presión y  corrupción en las altas esferas, con sus correspondientes extensiones “hacia abajo”, que los gobiernos de continuo privatizan lo público, elaboran leyes  laborales y medidas sociales a favor de los ricos y en contra del resto, retroceden las democracias,  y aumenta el neofascismo. Y junto a él, los paraísos fiscales para sus promotores, con lo cual nos damos cuenta por qué  no hay gobierno que se proponga eliminarlos, tan alto es el nivel de corrupción, tan grande el poder de las grandes firmas como  escasa la capacidad de oposición de los pueblos del mundo para impedir lo que se le viene encima en forma de pobreza, desempleo y pérdida de derechos conseguidos tras muchos años de duros sacrificios y muchas  vidas por defenderlos.

Desde el militar al de consumo de todo tipo de productos, y desde el cultural al ideológico, ya sea en forma de pensamiento único político, o religioso, o sobre el modo de vivir y actuar cotidiano de las masas, un arsenal de elementos está orientado justamente para desorientar, para dominar, dividir y empobrecer a las gentes y  las vías de desarrollo real de esta sociedad ya desnaturalizada que ha visto romperse contra su cabeza todo aquello que podría contribuir a su evolución como persona y como  especie: economía  ecológicamente sostenible y socialmente justa en la producción y distribución de la riqueza,   democracia participativa, información y cultura al servicio de todos y libres de manipulaciones. Y todo ello acompañado de  impuestos a  las empresas que introduzcan robots dejando fuera a los humanos sin compensación alguna hoy  a corto, medio y largo plazo. Los robots deben pagar impuestos  en la misma medida que empobrecen a los que despiden las empresas que los introducen. Todas esas medidas y otras de su misma naturaleza serían pasos hacia adelante, pero antes cada uno de nosotros debería tener ese convencimiento,  pues mientras no haya una mayoría social que así lo crea y actúe en consecuencia, no se avanzará, sino muy al contrario: seguiremos en caída libre hacia el abismo al que el mundo entero se dirige por la agresividad de una minoría y la pasividad del resto.

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