A mamporros, todos se esconden

Por José Medina

Lo curioso del caso es que las fuerzas enfrentadas forman parte de la más rancia burguesía, por ello no se trata de ideología sino del poder, de la capacidad de manejar las masas, de imponer sus intereses y, de responsabilizar a los otros de los errores cometidos.

Por José Medina

¿Quién no tiene la tendencia a ocultar que siempre le asiste la razón?, ¿quién no esconde en su más profundo ser, que guarda silencio para no ridiculizar a su oponente?

Eso que parece tan evidente, no se da entre los independentistas y los constitucionalistas; en el reino de los borbones asistimos, con demasiada frecuencia, al descrédito del contrario, al estar fuera de las buenas formas para lograr que el otro entre en razón.

Entre estas dos partes enfrentadas no hay historia ni leyes que valgan, no existe el menor resquicio para el entendimiento. Es posible que detrás de ello esté el temor a quedarse en el desamparo político y económico.

Ambas partes están convencidas de tener la razón; los presos y la Constitución han borrado de un plumazo todo lo que les unía por herencia biológica y cultural. No importa cuántos ridículos se hayan podido cometer en ambos lados. En esta nueva España dividida pareciera estar imperando, como única solución, el darle un “mamporro” al contrario.

¿Cuál es y dónde está la solución? ¿Dónde están esos funcionarios y asesores que ganan miles de euros?

Lo cierto es que al estar desenfundando el mayor de los quietismos conservadores o liberales, ambos lados se han sentido satisfechos con las primeras páginas y prime times televisivos dados a sus figuras emergentes, que poco han aportado, mucho han engordado el problema y, mucho han fracasado.

Una conclusión precipitada lleva a que los constitucionalistas e independentistas han utilizado siempre el diálogo de la imposición, desoyendo que a las imposiciones les siguen las rebeliones y no hay análisis que valga.

Para muchos hacer un mapa sobre el por qué y el cómo se ha llegado a esta situación, y crear una nueva agenda con  nuevos actores, ayudaría a sortear la rigidez del “esto es lo que hay”, lo contrario supone no hacer nada, no avanzar nada.

Con o sin Rajoy, quien llegue a la Moncloa aplicará el mismo poder y las mismas leyes, los independentistas lo saben y, también saben que quien se mueva hoy, se va a la trena.

Pero cuántos más estará Rajoy, o quien venga, dispuesto a enviar a las cárceles por esta contienda; no todos en el mundo europeo y americano están a favor de las reglas del juego del Gobierno del Partido Popular español.

En esta contienda Puigdemont parece estar amortizado, lo mismo sucede con Soraya Sáenz, Sánchez, Albiol e Iglesias; en cuanto a Rajoy todo sugiere que le queda un soplido para su eterna y desquiciadora paciencia, pero un solo soplido, no dos; ya tiene demasiadas manchas en su trayectoria como para intentar eternizar un problema que se traduce cada vez más en algo económico que social. Rivera no cuenta.

Lo curioso del caso es que las fuerzas enfrentadas forman parte de la más rancia burguesía, por ello no se trata de ideología sino del poder, de la capacidad de manejar las masas, de imponer sus intereses y, de responsabilizar a los otros de los errores cometidos.

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