Publicado en: 11 marzo, 2017

(11-M. No olvidamos) La política exterior del Gobierno de Aznar convirtió a España en objetivo militar del yihadismo internacional

Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado

Se cumplen 13 años del mayor atentado terrorista en la historia del Estado español. Como cada año, además de homenajear a las víctimas de aquella barbarie infame, es conveniente recordar lo ocurrido desde el punto de vista de la memoria histórica y desde el análisis de las causas políticas que dieron contextualización histórica a lo […]

Se cumplen 13 años del mayor atentado terrorista en la historia del Estado español. Como cada año, además de homenajear a las víctimas de aquella barbarie infame, es conveniente recordar lo ocurrido desde el punto de vista de la memoria histórica y desde el análisis de las causas políticas que dieron contextualización histórica a lo ocurrido. Que los responsables directos e indirectos de toda aquella pesadilla que sacudió a un Estado entero durante meses nunca se olviden de que sobre sus conciencias pesará por siempre lo sucedido.

La estrategia militar de Bush y el seguidismo de Aznar a sus doctrinas y mentiras

El 17 de septiembre de 2002, un año y seis días después de los atentados del 11 de Septiembre en Nueva York, el ex Presidente de los EEUU, G. Bush, aprobaba la “Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos”, consagrando la doctrina de la “legítima defensa preventiva contra el terrorismo internacional”. Un año antes, sin embargo, los EEUU habían comenzado de facto a aplicar esta doctrina con la invasión de Afganistán, el 7 de Octubre de 2001.  La invasión se justificó en la búsqueda de Osama Bin Laden. Las causas inmediatas de la invasión, son las represalias que EE.UU. toma contra los supuestos responsables del ataque a las torres gemelas y el pentágono, realizado por el grupo terrorista Al Qaida, liderado por Osama Bin Laden. El gobierno de los EEUU, que estaba convencido de que el líder fundamentalista era el responsable de dichos ataques, acusó al régimen talibán que gobernaba Afganistán de avalar los ataques, así como de ocultar al máximo líder de la organización yihadista internacional. La llamada Operación Libertad Duradera, originalmente sólo buscaba la captura de Osama Bin Laden para ser enjuiciado en suelo norteamericano y la desintegración de la célula madre de Al Qaeda, pero pronto sumó a estos objetivos el derrocamiento del régimen talibán. EEUU logró ser apoyado por la ONU y de manera directa por países como Inglaterra, Países Bajos, Francia, España e Italia, aunque Francia finalmente se retiró.

Defender a nuestra nación de sus enemigos es el primer compromiso fundamental del gobierno federal. Hoy, ese cometido ha cambiado drásticamente. En el pasado, nuestros enemigos necesitaban tener grandes ejércitos y grandes capacidades industriales para poner en peligro a Norteamérica. Ahora, redes oscuras de individuos pueden traer gran caos y sufrimiento a nuestras costas por menos de lo que cuesta comprar un solo tanque. Los terroristas están organizados para penetrar las sociedades abiertas y tornar contra nosotros el poder de la tecnología moderna. Para derrotar esta amenaza debemos utilizar cada herramienta de nuestro arsenal: el poderío militar, la defensa mejorada de nuestro territorio nacional, la aplicación de la ley, la recopilación de inteligencia, y gestiones vigorosas para cortarles el financiamiento a los terroristas. La guerra contra el terrorismo de alcance global es una empresa mundial de duración incierta. Estados Unidos ayudará a aquellos países que necesitan de nuestra ayuda para combatir el terrorismo. Y Estados Unidos hará responsables a aquellos países comprometidos con el terrorismo, incluso aquellos que dan refugio a terroristas – porque los aliados del terrorismo son enemigos de la civilización. Estados Unidos y los países que cooperan con nosotros no deben permitirles a los terroristas establecer nuevas bases de operaciones. Juntos, procuraremos denegarles refugio, donde quiera que lo busquen” (Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU, 2002).

Así proclamaban los EEUU su derecho a intervenir militarmente en todos aquellos países que consideren una “amenaza” para su seguridad nacional, especialmente aquellos que puedan ser acusados de colaborar o dar cobertura a la nueva amenaza del terrorismo yihadista internacional, pese a que, como es conocido, tal amenaza en la actualidad parece ya no ejercer como tal, y, muy al contrario, los propios EEUU han actuado o actúan mano a mano junto a estos grupos en países como Libia o Siria, de igual forma que en su momento hicieran junto a los Talibanes en Afganistán en tiempos de la URSS.

En respuesta a esta estrategia militar de los EEUU, en febrero de 2003 se produce una reunión en Estambul, en la que diversos grupos yihadistas, con Al Qaeda a la cabeza, toman la determinación de ejecutar acciones terroristas en los países de origen, es decir, en el propio suelo y contra las propias sociedades de aquellos países que estaban dando apoyo y cobertura internacional a los planes del gobierno de los EEUU de la época. A dicha reunión acuden dirigente de Al Qaeda quienes ante los líderes del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), su homólogo Libio (GICL) y con el apoyo de la organización Ansar al-Islam, explican la nueva estrategia a seguir: atacar al denominado enemigo lejano (Marco Mañas, 2009). Esto provocó, por ejemplo, que haya existido una diferencia importante entre los atentados cometidos por el yihadismo internacional antes y después de la intervención internacional en Afganistán. Hasta el año 2001 se produjeron atentados claramente coordinados por la dirección central de Al Qaeda, a veces cometidos por terroristas enviados desde el exterior a tal fin, como, supuestamente, según la versión oficial, ocurrió en el 11-S. Posteriormente, en cambio, los atentados han sido generalmente perpetrados por grupos locales, cuya vinculación con la dirección central de Al Qaeda no siempre es sencilla de establecer (Avilés Farré, 2006), aunque se sabe que responden a una misma estrategia internacional, la misma estrategia a la que ahora el ISIS le ha dado continuidad con sus brutales atentados en países como Francia y Bélgica.

El Reino de España, con el ex presidente José María Aznar a la cabeza, fue uno de los primeros países en sumarse a estas políticas de seguridad preventiva impulsadas por la Administración Bush. Ergo, desde aquella nueva declaración de guerra pactada en Estambul por los yihadistas, un nuevo enemigo oficial del Movimiento Yihadista Global. La propaganda yihadista internacional no tardaría en recoger a España entre sus objetivos de guerra. Comenzaba así lo que podemos considerar como una construcción de la imagen de España como estado enemigo en el ideario yihadista.

Aunque la invasión de Afganistán ya llevaba casi un año activa, el gobierno de los EEUU, con la promulgación de su nueva doctrina de seguridad nacional, buscaba dotarse de los argumentos jurídicos necesarios para poder emprender una nueva aventura bélica allende sus fronteras, en este caso teniendo a Iraq en su punto de mira. Finalmente, la invasión de Iraq se llevó a cabo entre el 19 de marzo y el 1 de mayo de 2003, fue encabezada por los Estados Unidos, respaldados por fuerzas británicas y pequeños contingentes de Australia, Polonia y Dinamarca. Una serie de otros países estuvieron involucrados en sus consecuencias. La invasión marcó el inicio de la guerra de Iraq. Según el Presidente de los Estados Unidos George W. Bush y el Primer Ministro del Reino Unido Tony Blair, las razones para la invasión eran “desarmar a Iraq de armas de destrucción masiva (ADM), poner fin al apoyo brindado por Saddam Husein al terrorismo, y lograr la libertad al pueblo iraquí.”. El tiempo, sin embargo, ha demostrado que en Iraq no existían armas de destrucción masiva, que el ex gobernante iraquí derrocado no tenía vínculo alguno con Al Qaeda, y que, para colmo, dicha organización no tuvo presencia alguna en el país asiático hasta la llegada del ejército de los EEUU con el comienzo de la invasión.

El 16 de marzo de 2003, se produjo la Cumbre de las Azores, donde los líderes de los Estados Unidos, Reino Unido y España, así como Portugal (en calidad de anfitrión) anunciaron un ultimátum al gobierno baasí de Saddam Husein para que procediera al desarme. El entonces jefe del gobierno español, José María Aznar, aludió a que la intervención respondía a la convicción de que aquel gobierno constituía una amenaza para sus vecinos y para los propios países occidentales. España, aún en contra de la opinión mayoritaria de su propia población, se convirtió de este modo en uno de los principales baluartes internacionales de apoyo a los planes guerreristas del gobierno norteamericano, como previamente ya hubiese ocurrido en el caso de la invasión de Afganistán, aunque esta vez con mayor claridad si cabe, habida cuenta de la posición contraria la invasión representada por la inmensa mayoría de los países europeos, especialmente aquellos que, como Francia o Alemania, habían representado hasta entonces el eje central en las alianzas internacionales del reino de España. Pero el gobierno español no sólo había roto con ello su tradicional política de alianzas internacionales, sino que, en el caso concreto del apoyo a la invasión de Iraq, estaba incumpliendo también su propia legalidad vigente (García Regueiro, 2004).

Las mentiras del Gobierno Aznar como responsables directas de convertir a España en objetivo militar del yihadismo

La posición del gobierno español respecto de la necesidad de una invasión en Iraq, así como su apoyo abierto a las políticas guerreristas de los EEUU, se puede resumir en las siguientes citas de diferentes miembros de dicho gobierno en los meses inmediatamente anteriores y posteriores al inicio de la invasión (García Regueiro, 2004):

Febrero. 2003.

Presidente José Mª Aznar:

Entrevista a Europa Press el día 2 de febrero. “El régimen iraquí, en función del armamento que tiene biológico, químico, y de sus vinculaciones con grupos terroristas, supone efectivamente una amenaza para la paz y la seguridad del mundo. Y también una amenaza para la paz y seguridad de España. Tenemos suficientes evidencias en ese sentido”. “Todos los Gobiernos tienen información de carácter reservado. El Gobierno español tiene información, evidentemente, de que el régimen de Sadam Hussein supone una amenaza para la paz y la seguridad del mundo y también de España”.

Día 5 Congreso de los Diputados: “Todos sabemos que Sadam Hussein tiene armas de destrucción masiva”. (…) “Sabemos que diversos grupos terroristas en todo el mundo están intentando obtener los materiales químicos y bacteriológicos y sabemos que el régimen de Bagdag está en condiciones de ofrecérselos”. (…) “Como ha dicho un gobernante europeo, sólo es cuestión de tiempo que las armas de destrucción masiva lleguen a manos de grupos terroristas”.  Aludió también a “las relaciones de Sadam Hussein con Al Qaeda “ y, en particular, las detenciones de 16 argelinos y marroquíes a finales de enero en Cataluña. “Hemos visto hace pocos días en Londres y también, por desgracia, en Barcelona que hay grupos terroristas dispuestos a causar el mayor daño y destrucción posibles y que cuentan con sustancias que podría causar centenares, si no miles, de muertos”. Estas detenciones, además, fueron utilizadas ante el Consejo de Seguridad de la ONU por Colin Powell, Secretario de Estado de EEUU, quien invocó las supuestas pruebas encontradas como armamento prohibido. Para la Ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, eran pruebas “contundentes”. La seguridad del Gobierno quedó en evidencia cuando todos los detenidos en Cataluña fueron puestos en libertad tras confirmarse que las sustancias sospechosas que almacenaban eran en realidad simples productos de limpieza.

Día 13 de febrero. Antena 3 TV: “El régimen iraquí, porque contra el pueblo iraquí no hay nada, tiene armas de destrucción masiva”. “Puede estar usted seguro y pueden estar seguras todas las personas que nos ven que les estoy diciendo la verdad. El régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva, tiene vínculos con grupos terroristas y ha demostrado a lo largo de su historia que es una amenaza para todos”.

Día 18 de febrero. Cadena COPE: “Estamos ante una amenaza y un riesgo ciertos. Estoy diciendo la verdad: un régimen que tiene armas de destrucción masiva y conexiones terroristas es un riesgo para la paz y seguridad del mundo”.

Marzo.

Día 6. En el Congreso de los Diputados. “El régimen iraquí miente sistemáticamente sobre sus arsenales de destrucción masiva.”

Abril.

Día 21. En TVE, tras la caída de Bagdad: “Estoy absolutamente convencido de que esas armas, que existen, acabarán apareciendo”.

Junio.

El día 30. Debate sobre el estado de la nación. “El arsenal químico y bacteriológico tarde o temprano aparecerá porque las investigaciones han comenzado ya”.

El ejecutivo español, pues, no hacía más que repetir de manera sistemática los argumentos esgrimidos por el gobierno de Bush para legitimar y justificar una invasión militar contra un país soberano, no contando además dicha invasión con el consenso internacional, ni con el apoyo de una mayoría de países miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Las supuestas armas de destrucción masiva en poder del gobierno iraquí de la época, o los vínculos del mismo con el terrorismo yihadista internacional, eran argumentos que no nacían del gobierno español, sino que le fueron impuestos por el gobierno de los EEUU, con la intención de manipular a la opinión pública española para que apoyase una invasión contra la que estaba mayoritariamente en desacuerdo. Cuatro años después, el propio José María Aznar tuvo que reconocer que en Iraq no había armas de destrucción masiva, y que, por tanto, en consecuencia, tanto él como los demás miembros de su gobierno habían estado engañando de manera impune a la sociedad española.

Pero es que, además, las tropas que invadieron Iraq no fueron precisamente recibidas, en ningún momento, como libertadoras. El rechazo a la ocupación no sólo se manifestó a través de los miles de atentados que se produjeron casi a diario desde el comienzo mismo de la invasión, sino también a través de las manifestaciones multitudinarias en contra de aquélla y de las declaraciones de los líderes religiosos que representan a la mayoría de la población. Sin embargo, hubo dos efectos todavía más significativos tras la invasión, totalmente contradictorios con los supuestos argumentos dados por las potencias invasoras como justificantes de la misma:

a) Tras la invasión, Al Qaeda se hizo presente en Iraq por primera vez, pasando a ser la principal fuerza de la denominada “resistencia” y una de las que más atentados ha realizado desde entonces…

…y b) la amenaza contra los países participantes en dicha invasión, así como el mundo occidental en su conjunto, se fortaleció, en tanto y cuanto Al Qaeda y sus grupos afines tomaron la guerra de Iraq que eje central de su propaganda yihadista, y situaron el conflicto iraquí en el centro mismo de su llamada a la lucha armada contra los “enemigos del Islam”.

Si el objetivo de la invasión era supuestamente acabar con la presencia de Al Qaeda en Iraq, así como contribuir a salvaguardar la seguridad de los países occidentales de la amenaza del terrorismo yihadista, los efectos reales fueron justamente los contrarios, al menos desde el punto de vista de la propaganda yihadista y la presencia de la misma tanto dentro como fuera de las fronteras iraquís.

Si nos atenemos al discurso habitualmente manejado por el yihadismo global, teniendo en al–Qaeda su máximo exponente, el comportamiento estratégico de este grupo terrorista con relación a las áreas internacionales donde existe presencia multinacional de tropas sugiere la percepción, al menos de parte del ideario yihadista, de una relación de causalidad en la que sus atentados estarían destinados a provocar una desestabilización en el statu quo para ocasionar el repliegue de posiciones de las instituciones de los gobiernos involucrados en los esquemas multinacionales. Continuando con la propia línea argumental de al–Qaeda, estos eventuales repliegues abrirían la puerta a la toma de posiciones en estos países por parte de organizaciones salafistas en orden a constituir un Estado Islámico, parte de una Umma desviada de la Primera Comunidad de Creyentes. De acuerdo con esta ideología neosalafista, el statu quo de estos países ligados al exterior y dirigidos por gobiernos “impíos” es el actual motivo de la desviación de la Umma y el impedimento para que los musulmanes puedan retomar las fuentes del islam. Por tal motivo, las acciones de las organizaciones yihadistas salafistas se dirigen contra el principal referente del statu quo, es decir contra las instituciones de gobierno que constituyen el Estado, y/o cualquier otra presencia y/o interés de los Estados en el escenario político internacional (Luparelli et al., 2008).

En el caso concreto de España, fue precisamente el apoyo del gobierno español a la guerra en Iraq, así como su presencia en Afganistán, el argumento principal esgrimido por los yihadistas para justificar el terrible atentado del 11 de Marzo de 2004 en Madrid, que causó 198 muertos de forma directa, y dos más de manera indirecta en Euskal Herria.

Los atentados de Madrid coincidieron con la estrategia de Al-Qaida de atacar a los aliados de Estados Unidos con el fin de complicar la situación en Irak, aunque habrían sido ideados y ejecutados de manera autónoma por una red local en España.  La sombra de la guerra de Iraq estuvo presente en los atentados.

España en la propaganda yihadista internacional antes, durante y después del 11-M

Para profundizar en el tema, hay que analizar las amenazas contra España procedentes de medios yihadistas que se habían dado a conocer antes de los atentados.

Una de ellas se encuentra en un librito titulado “El yihad de Irak, esperanzas y riesgos”, fechado en julio de 2003 y publicado en internet a finales de ese año.

En dicho texto se atribuye una gran importancia para los objetivos globales del yihad a la batalla que se está librando en Irak y se plantea la cuestión de cómo lograr la retirada de las tropas extranjeras.

Respecto a España se dice que “es el aliado europeo más destacado y más sólido después del Reino Unido”, pero se observa también que la posición adoptada por el gobierno de Aznar “no representa en absoluto la posición del pueblo español”, porque “la mayoría aplastante de los españoles fueron contrarios a la guerra”. En tales circunstancias, el anónimo autor del texto estima que se podría forzar la retirada española mediante “golpes dolorosos a sus tropas”, porque el gobierno no aguantaría “más de dos o tres golpes como máximo”. “Es necesario –añadía- aprovecharse al máximo de la proximidad de las elecciones generales en España”.

Su cálculo era que si las tropas españolas permanecían después de los ataques, la victoria sería para el Partido Socialista, que las retiraría. Y esto a su vez supondría una presión enorme para la presencia británica, que tal vez Blair no podría soportar.

Otro texto del 3 de diciembre, aparentemente del mismo origen y titulado “Un mensaje al pueblo español”, anunció en cambio un ataque contra España que pudiera tener lugar fuera de Irak. Dicho mensaje valoraba positivamente la oposición ante la guerra de Irak manifestada por el pueblo español, pero no por ello se mostraba menos amenazador. Tras recordar la muerte de siete miembros del CNI advertía que “la resistencia iraquí y sus partidarios fuera de Irak” estaban en condiciones de “incrementar la dosis” (Avilés Farré, 2006).

Pero, sin duda, el mensaje más claro a este respecto fue el protagonizado por el propio Osama Bin Laden en una grabación en audio difundida por Al Jazeera el 18 de octubre de 2003. En este mensaje, el líder de Al Qaeda no sólo amenaza a Estados Unidos por su ocupación militar de Irak, sino que también afirmaba que «nos reservamos el derecho de responder en el momento y lugar adecuados contra todos los países implicados, especialmente el Reino Unido, España, Australia, Polonia, Japón e Italia». Casi cinco meses después se producían los atentados contra los trenes en Madrid.

La dramática novedad de los acontecimientos que se sucedieron tras estas amenazas era, por tanto, que España había dejado de ser exclusivamente una base para operaciones terroristas otros países, para convertirse ella misma en un objetivo terrorista y todo ello como consecuencia, entre otras razones, de una política exterior que había puesto a España en el punto de mira de los movimientos yihadistas internacionales.

De hecho, en el caso de España existen indicios de que ya en el año 2003 podría haber sido escenario de acciones terroristas por parte de las redes magrebíes operativas en el interior de nuestras fronteras, de no haberse producido las operaciones policiales Lago, Arco, Aguadulce y Fuga, donde varios individuos (algunos de ellos residentes en España y otros procedentes del exterior) fueron detenidos bajo dicha sospecha. En ese mismo año 2003 también se encontraba plenamente constituida ya la red del 11-M, pero por desgracia no fue suficientemente identificada.

La cuestión que se plantea aquí, pues, es, nada más y nada menos, que el cambio de rumbo que los integrantes pertenecientes a estas células yihadistas dieron al empezar a considerar la posibilidad de realizar un atentado terrorista en suelo español, en respuesta a la situación que se estaba viviendo en Iraq y Afganistán, es decir, en respuesta a lo que ellos consideraban como graves situaciones de padecimiento de sus hermanos musulmanes en el mundo, generadas con el apoyo y la complicidad del estado español.

Según las investigaciones judiciales, se sabe que tras la desarticulación del núcleo principal de las redes yihadistas Sirias que habían venido operando en el estado español con anterioridad al 11M, los que lograron no ser detenidos siguieron manteniendo de manera discreta sus actividades de proselitismo y recaudación de fondos para la el apoyo a los movimientos yihadistas internacionales. Continuaron con sus reuniones clandestinas, en las que, además de hablar sobre sus planteamientos ideológicos, tuvieron acceso al visionado de materiales propagandísticos del yihadismo global, tales como videos de las acciones armadas en la zona de conflicto, imágenes de los horrores causados por las invasiones militares de Iraq o Afganistán, y acceso a los principales sermones y discursos de los principales ideólogos y líderes yihadistas internacionales. Fue entonces cuando empezaron a considerar la necesidad de realizar acciones de carácter violento en suelo español, en defensa de sus hermanos musulmanes en el mundo.

La construcción de la imagen de España como un estado enemigo del Islam, impulsada ahora por la propaganda yihadista internacional, había conseguido calar hondo en la mentalidad de estos militantes yihadistas. A la luz de la política exterior del Reino de España, este estado se había convertido en un blanco de guerra deseado para los objetivos del imaginario colectivo del yihadismo internacional, cuya repercusión propagandística no tardó en llegar hasta los militantes yihadistas ubicado en la propia España.

Además, entre los integrantes de estas redes todavía operativas, un deseo de venganza iba en aumento por las detenciones realizadas previamente a los integrantes de la red, lo que era interpretado como otro modo de ataque directo contra los musulmanes por parte del estado español, lo que incidía en la necesidad de llevar a cabo acciones violentas en suelo español que pudieran servir como escarmiento y reivindicación frente al estado español y sus “ataques a los musulmanes”. Este discurso provocó también que algunos miembros de la red, más moderados y en cierta medida asustados por estos nuevos planes del grupo, se alejaran de la misma, lo que favoreció un mayor acercamiento y la formalización del núcleo duro del grupo, responsable en última instancia de la planificación y realización de la matanza.

Según el investigador especializado en estos temas Javier Jordán: “Una de las precondiciones más mencionadas –para la radicalización yihadista- son las situaciones de injusticia y los conflictos armados que provocan el sufrimiento de la población civil musulmana, particularmente ancianos, mujeres y niños. Los relatos y noticias relacionadas con esos hechos pueden generar sentimientos particulares de humillación, agravio y rebeldía en quienes comparten la identidad islámica. Los casos más recurrentes a día de hoy son los de Palestina, Irak y en menor medida Afganistán, pero en otros momentos también lo han sido los de Chechenia y Bosnia”.

La célula responsable de los atentados, por tanto, se configuró en España de manera autónoma, pero mantuvo importantes contactos, en cuanto a coordinación y comunicación, con otras redes yihadistas exteriores pertenecientes al movimiento yihadista internacional (Marco Mañas, 2009).

El 11-M y las elecciones del 14-M

Posiblemente, además, esta red del 11-M realizó el mismo análisis político expuesto con anterioridad, al ejecutar los atentados tres días antes de las elecciones generales. Los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, perpetrados simultáneamente contra cuatro trenes, destacaron no sólo por el elevado número de víctimas que causaron, sino por su gran impacto político, debido a haberse producido tres días antes de unas elecciones generales (Avilés Farré, 2006). La intencionalidad política de esta masacre parecía evidente desde el mismo momento en que sucedieron los trágicos hechos.

Precisamente, la víspera de los comicios la red hizo público un video en el que reclamaba la matanza de los trenes y amenazaba con nuevos atentados si continuaba la presencia militar española en Irak y Afganistán. En este video, un hasta entonces desconocido “portavoz militar de Al-Qaeda en Europa” asumía la responsabilidad por los atentados, que presentaba como una respuesta “a los crímenes que habéis causado en el mundo y en concreto en Irak y en Afganistán”.

Con el apoyo a la guerra de Iraq, España se convirtió, pues, en objetivo de los yihadistas. Y, efectivamente, como apuntan los textos yihadistas mencionados, constituía el eslabón más débil porque era el país de la Coalición en el que la distancia entre la opinión pública y el gobierno era mayor (Noya, 2004). Toda una invitación para que los terroristas atentasen contra España, con la intención de acabar con el gobierno de la época, además de lanzar un serio aviso al resto de países de la Coalición, lo que convertía al estado español en un objetivo preferente de los yihadistas, y, por tanto, aumentaba en muchos grados la posibilidad real de que un atentado yihadista tuviese lugar en nuestro estado.

El propio pueblo español así lo debió considerar también cuando, apenas un mes antes de la invasión de Iraq (febrero de 2003), el Barómetro del Instituto Elcano (BRIE) mostraba cómo el 81% de la población española se mostraban muy preocupados o algo preocupados ante la posibilidad de perpetración de un atentado de autoría yihadista en España (Jiménez Martín, 2007), a pesar de que, hasta la fecha, el terrorismo yihadista vinculado con Al Qaeda no había actuado nunca en el interior de España contra la población civil española.

La sensación de que la postura del gobierno español respecto de la guerra de Iraq incrementaba las posibilidades de que hubiese un atentado yihadista en España, tuvo, sin duda, gran repercusión en la sociedad española por aquellas fechas.

Ya en el mismo día del atentado de Madrid, en plena disputa entre los representantes políticos españoles por adjudicar la matanza a unos u otros de los posibles autores, la sensación general era que la autoría de ETA, de ser confirmada, beneficiaría al partido por aquel entonces en el  Gobierno (PP); pero si, por el  contrario, fuera obra de grupos yihadistas la responsabilidad de las muertes recaería sobre el Partido Popular por el apoyo del Gobierno Aznar a Estados Unidos en la guerra de Irak con la clara oposición de la opinión pública española (Michavila, 2005). En un primer momento, de hecho, el PP hizo todo lo posible por hacer creer que ETA era la responsable de tan salvajes atentados. Esto generó una reacción en cadena que, más allá de las víctimas de los atentados, trajo consigo la muerte de Ángel Berrueta, ciudadano navarro que se negó a poner en el escaparate de su tienda en Pamplona un cartel acusando a ETA de los atentados, y fue asesinado por un policía español -fuera del ejercicio de sus funciones- como respuesta a ello. Posteriormente, otra persona, Kontxi Sanchiz, moría en Hernani en una manifestación de repulsa al asesinato de Berrueta, tras una carga policial.

De hecho también, como es bien sabido, tres días después de los ataques, cuando la autoría yihadista era ya prácticamente un hecho evidente, el candidato del Partido Popular perdía las elecciones legislativas en España, a pesar de haber estado por delante en las encuestas durante toda la campaña electoral.

Aquel resultado fue interpretado rápidamente como un castigo del electorado español al gobierno del Partido Popular,  debido a su posicionamiento internacional con respecto a la intervención militar en Iraq de 2003, una tendencia que, además, se vio se incrementada cuando se asoció la guerra de Iraq con el 11-M y sus dramáticas consecuencias.

Tanto es así que según  el mencionado BRIE, en este caso de Mayo de 2004, el 64,2%  de los encuestados consideraban que el 11-M no se habría producido si España no hubiese apoyado a los EE UU en la intervención en Iraq. Un año después (Marzo de 2005) el porcentaje apenas había disminuido al 62,7%, y para marzo de 2007 el 63,4 de los encuestado seguía pensando que el ataque del 11-M no se habría producido de haber el gobierno español negado su apoyo a al gobierno de los EEUU en su guerra de invasión a Iraq (Jiménez Martín, 2007). El razonamiento, pues, no fue fruto de la indignación general causada por la tragedia del 11-M en los días inmediatamente posteriores a la masacre, sino algo de mayor profundidad en el convencimiento de los españoles.

El pueblo español era consicente de que el 11-M fue generado por causas políticas vinculadas a la política exterior del Gobierno de Aznar

En la misma línea, el analista principal del Real Instituto Elcano, Javier Noya, sostenía a los pocos meses del atentado que fue la estrategia del Gobierno del PP “respecto a la opinión pública durante la guerra de Irak la que creó una oportunidad única e irrepetible para los terroristas” (Noya, 2004).

Las evaluaciones de riesgo sobre el fenómeno terrorista se suelen tomar en función de las amenazas que operan sobre objetivos que tienen un determinado conjunto de vulnerabilidades. El terrorismo, en tanto expresión violenta, aprovecha cada una de las vulnerabilidades que detecta entre sus objetivos de acción para incrementar el impacto, y por tanto el perjuicio, de sus atentados y lograr ventajas tácticas o estratégicas. Es evidente, por tanto, que ante mayores vulnerabilidades de los Estados, mayores probabilidades de nocividad para grupos que quieren ocasionar un daño (Luparelli et al., 2008). En este caso, la separación existente entre la opinión de la inmensa mayoría de la sociedad española y las políticas del gobierno del Partido Popular respecto de la intervención española en la guerra de Iraq, fue rápidamente percibida por los terroristas como una ocasión única para intervenir en la política española mediante la realización de una atentado, tal y como demuestran los textos propagandísticos anteriormente señalados.

Es decir, desde la propia óptica yihadista, la oposición en masa de la sociedad española al apoyo del gobierno de Aznar a la invasión del país asiático, ponía en bandeja a los terroristas la posibilidad de intervenir con un atentado en el normal desarrollo de los comicios españoles, a tal punto de ser capaces de condicionar el resultado de los mismos con ello. Era pues, la política exterior del gobierno de Aznar, con su apoyo a una guerra rechazada por la inmensa mayoría de pueblo español,  y no los atentados mismos, lo que en mayor grado había conseguido condicionar el sentido del voto entre los ciudadanos y ciudadanas del estado español de cara a las elecciones del 14 de Marzo. Las encuestas post electorales así lo reflejaban también.

Según una encuesta del Instituto Opina realizada tras las elecciones, eran más los encuestados que reconocían que la guerra de  Irak había influido en su voto que los que reconocían que habían sido los atentados del 11-M en sí mismos los que habían ejercido dicha influencia. El 41,8% de los encuestados reconocía que la guerra de Iraq había influido en el sentido de su voto, mientras que el porcentaje se reducía hasta un 27,6% de los encuestados que reconocían la influencia de los atentados del 11-M sobre el sentido de su voto. Otra encuesta del CIS de las mismas fechas  ratificaba estos datos, en tanto que  siete de cada diez (71,3%) manifestaron que “el atentado del 11-M en Madrid no le influyó personalmente nada en su decisión de voto”; el  resto, es decir, unos siete millones y medio de votantes, reconocieron mucha (10,1%),  bastante (11,4%) o poca influencia (7%) de los atentados  (Michavila, 2005). No en vano, en otra encuesta de la época, perteneciente en este caso a la tercera oleada del BRIE (mayo de 2004), casi un 64% de los encuestados sintió que el 11-M era “consecuencia de la política exterior española” (Noya, 2004).

Tales datos no dejan de resultar altamente significativos, en tanto que, como señalan Rut Bermejo y Fernando Reinares (2007) a partir de un análisis de los sucesivos Barómetros del Real Instituto Elcano (BRIE), la visión dominante entre la opinión pública española relaciona las causas del terrorismo yihadista internacional antes con factores ideológicos y culturales que con variables socioeconómicas o políticas. Sin embargo, en el caso de los atentados del 11 de marzo de 2004 son las causas de naturaleza política las que los ciudadanos españoles tienden a enfatizar. Todo esto no puede ser visto de otra manera, pues, que como una gran victoria previa de la propaganda yihadista, que consiguió mediatizar de tal manera a la sociedad española como para que, ya incluso en los primeros momentos en que se empezó a barajar la hipótesis de la autoría yihadista como responsable de los atentados, los españoles asumiesen los argumentos de los yihadistas como propios. Esto, obviamente, no quiere decir que la sociedad española justificase los atentados al modo de dicha propaganda, pero sí que, a pesar de la fuerte repulsa y condena que estos hechos sangrientos generaron, abrazaron como propios una parte de los argumentos esgrimidos por los terroristas y su propaganda. Hechos así son los que ponen de manifiesto la importancia central que la propaganda, como actividad comunicativa dirigida a las masas, tiene dentro de la estrategia global del yihadismo terrorista internacional.

Y en medio, como siempre, las víctimas inocentes de uno y otro lado. Las 200 caídas por la acción terrorista en el estado español, y los cientos de miles caídos, por la acción de unos y otros, en Irak y otros sitios donde el imperialismo ha metido sus manos machadas de sangre, en no pocas ocasiones, como ahora se ve en Siria y otros lugares similares, mano a mano con estos mismos yihadistas a los que, en teoría, se enfrentaban en todo el mundo hace apenas unos pocos años.

*Bibliografía

Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU. La Casa Blanca. Washington. 17 de Septiembre de 2002.

Avilés Farré, J. (2006): “El contexto del 11-M en la Yihad terrorista global 1998-2005”. Análisis del Instituto Universitario de investigaciones sobre Seguridad interior. UNED. Junio.

García Regueiro, J.A. (2004) : “El papel de España en la guerra de Iraq”. www.falternativas.org. Marzo.

Jiménez Martín, D. (2007): “La sociedad española tras el 11-M. Tres años de percepción de la amenaza”. Athena Paper. Vol. 2, No 4. Artículo 2/11. 10 de octubre.

Jordán, J. (2003): “Las redes de terrorismo islamista en España. Balance y perspectiva de futuro”. ARI Nº 119. 13 de octubre.

Mañas, M. (2009): “La evolución organizativa del terrorismo Yihadista en España (1996-2006)”. Tesis Univ. Granada. Departamento de Ciencia Política y de la Administración. Leída el 18 de junio de 2009.

Michavila, N. (2005): “Guerra, terrorismo y elecciones: incidencia electoral de los atentados islamistas en Madrid”. Real Instituto Elcano. Documentos de trabajo. Nº13.  10 de Marzo.

Noya, J. (2004): “Del 11-M al 14-M: estrategia yihadista, elecciones generales y opinión pública”. ARI Nº 132. 21 de Julio.

Luparelli, M., Mathés, J.A., Montero, A. (2008): “Afganistán y Líbano: evaluación del riesgo yihadista contra España”. Real Instituto Elcano. Documento de Trabajo Nº 8. 19 de febrero.

Bermejo, R., Reinares, F. (2007): “Visiones del terrorismo internacional en la opinión pública española”. Real Instituto Elcano. ARI Nº 32/2007. 5 de Marzo.

-->
COLABORA CON KAOS